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El siguiente día también cocinó Dionisio. Su dominio sobre la cocina era completo, y nadie se atrevía a disputárselo. Dionisio es el tío de Teresa, y padre de Noelia, y es una de esas personas que te impactan desde el primer momento. Por lo menos eso es lo que me ocurrió a mí. Profesor de filosofía de un instituto, astrónomo en sus ratos libres, lector empedernido, ha creado una biblioteca de más 4.000 libros con sus manos, y digo esto en sentido literal,  pues ante el gran espacio necesario para almacenar tanto libro, ha reformado la casa en la que veranea  con sus propias manos para darles cabida.  Esa linda casa en la que nosotros pasamos el fin de semana. Y es que Dionisio trabaja con sus manos y su cerebro. Dionisio es un intelectual, pero te lo puedes encontrar a cualquier hora en el bar del pueblo enfrascado en acaloradas conversaciones con los lugareños, pues él en última instancia también lo es, y si la vida le llevó lejos de allí para ganarse la vida, su corazón lo trae de vuelta cada verano o época vacacional para reencontrase consigo mismo. Podría hablar durante más tiempo de sus proyectos y realizaciones, y al no hacerlo seguramente incurriré en omisiones de importancia. Pero no es tanta mi intención describir su vida a modo autobiográfico como transmitir lo que el contacto a lo largo del fin de semana con él supuso para mi. Supuso el ejemplo de alguien que se mantiene abierto pasados los 60, y aunque este hecho pueda no parecer excesivamente llamativo, para mi lo es en un sentido muy especial. Creo que a lo largo de la vida  las personas elegimos un camino, y desechamos otros. Y aunque podamos hacer nuestros pinitos en muchos ámbitos, cada vez, a medida que avanzamos más en el camino elegido, nos cerramos más opciones en los otros. Creo que a eso se le llama especialización. A más especialización más efectividad en ese ámbito. Pero, ¿ Qué ocurre cuando sacas a un especialista de su ámbito de especialización?. El deportista que ha llegado a lo más alto, cuando acaba su carrera deportiva se hace entrenador o pone una tienda de deporte, o ambas cosas, pero sigue relacionado principalmente con el mundo del deporte o de su deporte, pues a lo que se dedicó primero le marca el camino respecto a lo que dedicarse después. Nada de criticable veo en ello.

Pero Dionisio es un ejemplo de otro tipo de persona. Se acerca al hombre del renacimiento, al humanista que es un maestro en una amplia variedad de ámbitos. Es lo más alejado que se pueda imaginar del especialista, pero no por ello es menos bueno en lo que hace. Que las cosas que hace  sean lo más alejadas posible  las unas de las otras es algo que te planteas antes de encontrarte con hombres como Dionisio. Cuando la suerte, pues no abundan, te lleva a encontrarte con uno de ellos, te das cuenta de que esa distancia no existía más que en tu imaginación, como una limitación más que nos impide ver más allá. Por eso tiene tanto valor encontrar de vez en cuando hombres como Dionisio, capaz de hablar de los principios morales de Stuart Mill,  mientras intercala sugerencias  sobre la manera de mover la espumadera a la hora de remover el  pisto, a la vez que está atento a que no se le seque el yeso que debe utilizar para las paredes de su nueva biblioteca. ¿Por qué esos hombres abundan tan poco?, ¿Por qué los paletas no hablan de filosofía? ¿ o los políticos de música?, ¿ o los banqueros de literatura?, ¿Por qué los indignados no  intentan ganar unas elecciones para arreglar lo que les indigna?, ¿Por qué los cantautores no labran la tierra?.

Claro que estoy hablando en general, y hay grandes excepciones, que corresponden a otros no menos grandes hombres y mujeres.  Miquel Martí i Pol, nuestro gran poeta, trabajaba en una fábrica de papel a turnos. ¿Y fue peor poeta por ello? No. Probablemente todo lo contrario.

En definitiva, y tomando como referencia la frase de García Márquez, conocer a Dionisio fue una gran experiencia, no por quien es él, sino por lo que me ha hecho ver que puedo ser yo.