Estar contento o ser feliz; Ahora sí

El otro tema del que hablamos en nuestra clase improvisada en la cafetería fue sobre el que trata el título de este escrito. Allí concretamente una alumna le preguntó a un alumno si estaba contento o era feliz. No me acuerdo en absoluto de la respuesta del alumno, porque en el momento en que escuché la pregunta toda mi atención se centró en ella, y en sus implicaciones, y dejé de atender a la respuesta.

La primera implicación de esa pregunta fue para mí que estar contento y ser feliz eran dos cosas diferentes, y que por lo tanto podían ir juntas o separadas, es decir, que aunque se puede estar contento y ser feliz, también se puede estar contento y no ser feliz. O se puede ser feliz y no estar contento. Y enmarañando más la cosa, ¿Podría ser que la una estuviera en contradicción con la otra? Es decir, ¿que por estar uno contento se cerrara la puerta a la posibilidad de ser feliz? ¿O que la felicidad supusiera la imposibilidad de estar contento?

Vamos a intentar arrojar un poco de luz sobre el asunto. Podría ser que uno buscara la satisfacción en los pasatiempos del día a día. En la televisión, en el cine, en la práctica del deporte o en su seguimiento a través de los medios de comunicación, por poner sólo unos pocos ejemplos; podría ser que uno dedicara la mayor parte de sus esfuerzos a buscar estar contento, empleando una gran cantidad de energía en estar bien. Y podría ser que precisamente ese anhelo del bienestar alejara a la persona del compromiso con principios suyos fundamentales que requieren un esfuerzo, y que son por tanto difíciles de conseguir, pues suponen un camino pedregoso y lleno de dificultades, y no exento, por tanto, de sufrimiento. Así, el de la felicidad podría ser un camino que no implicara estar contento siempre, o la elección constante del bienestar.

Así, el camino de la felicidad podría ser un camino de renuncia a lo accesorio para elegir lo fundamental. Dicho así no parece esa una elección difícil de hacer. Pero lo accesorio y lo fundamental cuando están mezclados son difíciles de discernir, y más si por lo deprisa que vivimos dedicamos poco tiempo precisamente a eso, a discernir, y si lo accesorio, además, es lo más divertido, o lo más llamativo, como suele suceder, o lo que más nos entretiene, o lo más fácil de elegir. En esas circunstancias lo fundamental queda en un segundo plano y es lo más probable que la inmensa mayoría lo descartemos. Así, quien entonces elija el camino de lo fundamental será un bicho raro, y por ello será ese un camino que deberá recorrer en solitario, jalonado por el desprecio de los que eligieron el otro camino. Y ese desprecio continuará hasta que algunos, no la mayoría, se den cuenta de que el que realmente eligió su camino fue el bicho raro, y que ellos, más que elegir, fueron elegidos por el camino, o seducidos por él. Podría ser.

La segunda implicación de la dicotomía entre estar contento o ser feliz, que se me presentó cuando escuché la pregunta de la alumna en la cafetería, es que estar contento hace referencia a un estado y ser feliz a algo más profundo como es ser algo. Y que por ello no sería casual el verbo que acompaña a los adjetivos contento y feliz. Se está o no se está contento. La condición de contento es, así, un estado. Y los estados son temporales, inestables. Ahora estamos contentos pero más tarde podemos no estarlo. Respecto a la felicidad, el hecho de utilizar sobre todo el verbo ser, en lugar del verbo estar, para definir en qué medida la hemos alcanzado, significa que entendemos la felicidad como algo más profundo que un estado, y más estable. No soy de una manera ahora y más tarde de otra, aunque pueda cambiar mi comportamiento de un día a otro. Lo que yo soy hace referencia a algo interno, que permanece estable de una situación a otra. Y aunque no soy otra cosa que el conjunto de mis acciones, es decir, de mis decisiones, ese conjunto de acciones y decisiones tiene una tendencia personal, marcada, que precisamente por eso define quien soy yo.

Y creo que aquí se conectan todas las implicaciones que de la dicotomía entre el estar contento y el ser feliz vinieron a mi mente en la cafetería. Estoy contento cuando sucede algo que me gusta, pero cuya ocurrencia es independiente de mí: como cuando mi equipo de futbol gana. Soy feliz cuando sucede algo que me gusta y en cuya ocurrencia he tenido parte activa: como cuando mi equipo de futbol gana conmigo como jugador.

Así, podría ser que estar contento tuviera más que ver con circunstancias fortuitas, bastante ajenas a nosotros, y más inestables. En cambio, ser feliz podría tener más que ver con cómo uno es, lo cual sería resultado de lo que uno hace, de lo que uno elige hacer, y con las cosas que van sucediendo en la vida de uno como consecuencia de todo ello. Y sobre todo con las personas que nos vamos encontrando por ese camino que vamos eligiendo.

Podría ser.

Jose Fernández

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Estar contento y ser feliz

El lunes pasado trasladamos el aula a la cafetería. Teníamos clase del curso de Inteligencia Emocional, y por diversas circunstancias acabamos por no movernos del lugar en el que suelen quedar los alumnos para hacer un café antes de dirigirse al Institut Pehuén.

La primera de esas circunstancias fue que una alumna le envió al grupo de watsapp un video sobre un adolescente que se había suicidado, comentándome que le gustaría hablar sobre el tema. Como no todos lo querían hacer, quedamos en que los interesados lo hablaríamos tomándonos un café, fuera del aula. El video en cuestión muestra a un chico de 15 años explicando los motivos por los cuales se va a suicidar a continuación. Básicamente dice que ha sido muy feliz en esta vida, pero que quiere reencarnarse en otra persona para vivir otra vida todavía mejor. Lo que más me sorprende es la naturalidad con la que lo explica, como si suicidarse fuera una decisión más de las que uno debe tomar a lo largo del día. Está acompañado mientras da estas explicaciones, lo cual aún le da más naturalidad al asunto. Hablamos en la cafetería de muchas cosas en relación a este acontecimiento, pero una de las más importantes fue sobre la libertad, o no, que tenemos para disponer de nuestra vida como queramos, incluso para acabar con ella si así lo deseamos. Para decirlo brevemente, yo pienso que somos libres de vivir como queramos, pero no de morir como queramos. Hay quien dice que el que no le tiene miedo a la vida, tampoco se lo tendrá a la muerte, relacionando la manera cómo se vive con la manera cómo se muere. También se dice que el miedo a vivir es un suicidio cotidiano, queriendo decir que la verdadera muerte consiste en no vivir con plenitud, o al menos intentándolo hacer.

No quiero liar la troca, simplemente hacer constar lo inexorablemente unidas que están la vida y la muerte, y lo difícil que es entender la una sin tener en consideración a la otra, y viceversa. En el caso del video, creo que lo más punzante, lo más espeluznante, es el poco respeto que el adolescente le tenía a esta vida. Por los motivos que fueran nadie le había enseñado a amar la vida, o más bien dicho, a amar esta vida, ya que lo que más le motivaba a acabar con ella era el deseo de la reencarnación en otra mejor. Es posible que alguien sí le enseñara a amar otra hipotética vida. Es hasta muy probable. Pero por ningún rincón del video aparece rastro de amor hacía esta vida por parte del adolescente. Es como si esta vida no fuera más que un entretenimiento mientras llega la que vale la pena. Desde ese punto de vista, acabar con ella sería un acto que hasta podría ser considerado loable. Considerar la vida como un simple trámite es lo que hacen también en los templos religiosos, ¿no? aunque sí que es un detalle que en ellos nos alerten de que no hay atajos para llegar a la auténtica vida, y que suicidarse es hacer trampas, y que al tramposo no se le recompensará con ella. Esto es a lo más lejos que llega el catolicismo en lo que concierne a transmitirnos amor por esta vida.

A mí, a pesar de que el adolescente pide que divulguemos el video, pues parece querer transmitir que está ante un momento solemne que así lo demanda, paradójicamente me cuesta pensar en un acto de menor trascendencia. Estoy satisfecho con mi coche, pero me apetece uno mejor. Cámbiese en la frase anterior el nombre por cualquier otro: ordenador, vivienda, trabajo, ropa, etc. y estaremos ante un hecho muy cotidiano. Y ya puestos, ¿por qué detenernos hay?, ¿Por qué no buscar la satisfacción plena y pedir más? Si cambiamos el nombre para dejar la frase como sigue: Estoy satisfecho con mi pareja, pero me apetece una mejor, nos encontraremos también con una realidad muy habitual. Pero aún podemos ir un paso más allá, como hace el adolescente. Así, su frase: Estoy satisfecho con mi vida, pero me apetece una mejor, impacta pero no refleja para mi más que un acto de frivolidad consumista, llevada, eso sí, hasta el límite máximo.

Y todo porque al chico no le enseñaron a amar esta vida con toda su alma. Todo porque no le enseñaron a amar y a respetar lo que tenía, pues la vida es lo único que realmente tenemos y es nuestro de verdad, aunque sólo durante un tiempo. Le enseñaron, por el contrario, a amar y desear lo que no posee. Esa es en realidad la esencia del consumismo, por mucho que éste se pueda disfrazar, como intuyo que fue el caso, con inciensos y aromas espirituales: amarás aquello que no poseas, (y así alguien te lo podrá vender). A veces me pregunto si esa es la esencia, también, del ser humano.

Y todo porque el chico no se encontró con gente como el dibujante al que ayer entrevistaron en la sección Factoría Sensible, del programa que dirige Kílian Sebrià, y que creara el fallecido Joan Barril, otro amante de la vida, dicen. Este dibujante, que fue fundador de la revista El Jueves dijo: Cada mañana cuando me despierto, y por lo tanto constato que sigo vivo, pienso: Uff!! Qué bien. Lo demás es secundario.

Jose Fernández

p.d: Sé que el título del artículo no tiene nada que ver con lo que he hablado. Ello responde a qué quería hablar sobretodo del tema al que hace referencia el título, tras una breve mención del tema que ha acabado alargándose y monopolizando el escrito. Dejo el título original por pereza, por un lado, y como recordatorio de lo que quería hablar en realidad para la próxima vez que lo haga, por el otro.

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Lujo y elegancia

Todo problema mental o dificultad psicológica se puede entender como un ataque a la libertad de la persona, como un obstáculo que amenaza su posibilidad de convertirse en aquello que puede llegar a ser. (M. Villegas)

Leyendo un artículo de Joan Ollé publicado en el periódico en el verano de 2008, y cuyo ejemplar quedó en un arcón de nuestra caravana, allá en Ribera de Cardós, junto a otros objetos como la escoba para limpiar el avancé, la maza para fijar sus piquetas en el suelo y el carbón que sobró en antiguas barbacoas compartidas con amigos (quien sabe si antiguos ya también) me deleito con la distinción que hace el autor, al que admiro profundamente desde que lo descubrí en las encíclicas radiofónicas del Café de la R-Pública, y trato siempre de seguir y leer desde entonces; me deleito, como decía, con la distinción que hace en tal artículo entre lujo y elegancia.
La etimología de la palabra lujo está emparentada con la de la palabra lujuria. Es la desmesura lo común a ambos conceptos. La ostentación que asume que, más y más caro, es mejor.
Por el contrario, sigue Joan Ollé, la palabra elegancia está emparentada etimológicamente con legere(leer) y eligere(elegir). Todo lo que yo pueda decir ahora, ante la fuerza con la que la etimología nos sugiere y nos sugestiona, está de más. Pero como llevado por el prejuicio considero que este artículo aún es corto, voy a seguir un poco más, aún a riesgo de estropearlo.
Por tanto, la elegancia tiene que ver con legere, o con la cultura (la etimología de la palabra cultura, a la que también he accedido por Ollé, se merece un artículo ella sola), y ambas, la elegancia y la cultura, tienen que ver con eligere, es decir con la libertad. Así, la etimología, ese lugar en el que la sabiduría de los siglos se ha sedimentado de la forma más democrática y participada jamás conseguida*, nos dice que no hay libertad sin cultura. Fernando Savater expresa lo mismo cuando dice que no hay elección auténtica cuando no hay información verídica y relevante que la permita.
Y ahora quiero pedir al lector que vuelva a reparar en el párrafo de introducción de este artículo, en el que cito a otro erudito latinista al que tuve la suerte de encontrarme en mi primera clase de mi primer día en la universidad, cuando aún un poco asustado, o quizás más que un poco, entré en su aula tarde y sin saber muy bien si me equivocaba de clase. No lo hice, y 25 años después recuerdo aquella lección, de la cual me perdí un trozo, como la más importante de todo mi periplo universitario, quizás la que le dio sentido a todo lo que vino después.
Así, podría muy bien ser que la elegancia máxima no tuviera que ver únicamente con la ropa que te pones o te dejas de poner, con los sitios a los que decides ir o no ir, con la forma de decorar tu casa, si la tienes. Pudiera ser que estuviera también en la facultad de elegir a cada momento qué haces con la hora que tienes por delante, con el día que se erige ante ti ofreciéndote múltiples caminos. Estaría la elegancia en la lucha por mantener a la vista y desbrozados esa multiplicidad de caminos a elegir, sin quedar obcecado sólo en uno o un par de ellos. La elegancia estaría, entonces, en la elección del foco al que le vas a dedicar tu atención, y en la elección del foco del que la vas a retirar, sobretodo del primero, porque pocas veces está en nuestra mano elegir a qué NO le vamos a dedicar nuestra atención.

*pues no hay nadie, ni siquiera los mudos, que no puedan utilizar la lengua hablada, participando del, y creando, el sentido que se le da a cada palabra

Nadie salva a nadie, pero nadie se salva solo

Nadie salva a nadie…

El pasado viernes, Consuelo Casula, en su preciosa ponencia sobre Resiliencia, Mindfulness y Hipnosis, con la que nos regaló el oído en la jornada de Actualización en Hipnosis Clínica que organizó el Colegio Oficial de Psicólogos de Cataluña, lo dejó claro. Nadie salva a nadie, pero hay mucha gente que busca que la salven. Y nos explicó Consuelo cómo una cliente suya, divorciada en condiciones difíciles, después de haber sufrido maltrato psicológico por parte de su marido,  y en pleno duelo por esa circunstancia, contactó mediante Facebook con un amigo de la escuela primaria. Éste había sido medio novio suyo, y despertó el contacto emociones dormidas en ambos. Tan intensas fueron esas emociones, que la cliente de Consuelo dejó el norte de Italia para ir al encuentro de su amigo del colegio en el sur. En la visita con ella previa a su partida, le decía que en el sur estaba la persona que por fin la sabría comprender, y la ayudaría a salir de la situación donde estaba. Consuelo en esos momentos intuyó que la aventura iría mal, pero no quiso decirle nada porque cada uno debe vivir su propia vida, porque la propia Consuelo podía equivocarse y porque los terapeutas no estamos para salvar a nadie.

 

Efectivamente, unos meses después la cliente de Consuelo volvió aún peor de lo que había partido. El antiguo amigo era un rufián que no hizo más que ignorarla o vejarla, tras los primeros días de idilio aparente. Entonces Consuelo no dijo aquello tan odiado por todos los hijos cuando se lo dicen sus padres: “ya te lo dije” Y no se lo dijo, en primer lugar, porque en realidad Consuelo nunca se lo había dicho. Pero lo que ahora sí le podía decir, pues la cliente estaba madura para el mensaje, es que, si tras algunos traspiés en la vida, buscas la solución en alguien que te ayude y te comprenda, probablemente volverás a tropezar. En cambio, si eres capaz de decirte, “Voy al sur a respirar nuevos aires, y a no permitir que nadie me vuelva a hacer lo que ya me han hecho varías veces” entonces, si eres capaz de decirte, y decir a los demás eso, entonces sí que hay una probabilidad seria de que salgas airosa del trance, y obtengas la ayuda que buscas. Y el motivo principal es que no buscas esa ayuda en otra parte, en otra persona, sino que en realidad estás centrando la atención en lo que TÚ debes hacer para que eso ocurra, en vez de centrarla en lo que tiene que hacer otra persona, a la que se le atribuye el papel de salvador.

Pero nadie se salva solo

 Cuando eres capaz de decirte, y decir a los demás: “voy al sur a cambiar de aires, y a no permitir que nadie me vuelva a hacer lo que ya me han hecho varias veces” entonces encuentras a la persona con la que te salvas, que es esa a la que no le permites que te haga lo que te han hecho otras previamente.  Y encuentras a esa persona no porque hayas ido al sur, pues yendo al norte, o al oeste, o al este, o más sencillo aún, quedándote donde ya estabas, la hubieras encontrado igual.  La encuentras simplemente porque has aprendido a actuar de otra manera, y porque empiezas a tener una idea clara de que es actuando de otra manera como la encontrarás. Y es en ese encuentro, en el que aprendes a hacer las cosas de otra manera, donde  te salvas.

 

Algo así le dijo Consuelo a su cliente cuando ésta volvió del sur. Y continuó diciéndole que es precisamente cuando topamos con el otro, y no antes, que la oportunidad para cambiar se presenta, aunque es a nosotros a quienes toca decidir si aprovechamos la oportunidad o no. Pero en cualquier caso, la oportunidad, y por tanto la posibilidad de salvación, sólo se presenta ante el otro, y en consecuencia éste es el sentido en que ella dijo que nadie se salva solo. Y porque, además, cuando no dejas que alguien te trate mal, le estás haciendo un favor a esa persona, ayudándola a ser más humana, y por consiguiente a salvarse contigo.

Y así Consuelo acabó su ponencia. Entre muchas más historias de resiliencia, mindfulness e hipnosis, nos mostró el precipicio en el que con tanta facilidad se desploma tanto quien quiere que lo salven como el que quiere salvarse solo. No despeñarse por el precipicio, o sea, la auténtica salvación, requiere la capacidad de aprender que ninguna de esas opciones es realmente viable.

La libertad no hace a los hombres felices, pero los hace hombres (M. Azaña)

Estos días he pensado en Manuel Azaña, presidente de la 2ª, y también fracasada, al igual que la primera, republica española. Y creo que ha venido a mi mente su memoria por dos acontecimientos. El primero la relectura del magnífico libro de George Orwell, Homenaje a Cataluña, que se sitúa a finales de 1936 y primera mitad de 1937, momento en  que el idealista y joven Orwell vino a Barcelona a luchar en la guerra civil contra el fascismo, que en esos años avanzaba implacable a lo largo de toda Europa. Orwell hace un retrato preciso y precioso de lo que era España, Cataluña y Barcelona esos días, y junto a mi mujer decidimos regalar ese retrato a mi sobrino, que con 21 años venía a  Europa por primera vez desde el otro lado del charco, para que se hiciera una idea de la historia de lo que hay por aquí. Pero una vez que le compramos el libro, no pude evitar volvérmelo a leer, después de que lo hiciera por primera vez hace unos años. Es impresionante para mí cuando Orwell dice que en España el fascismo, a diferencia del de otros países europeos de la época, lo que se proponía restaurar derrocando a la república era la sociedad feudal previa. Esa sociedad de los grandes de España, los terratenientes y los señoritos. El reputado historiador Josep Fontana dice algo parecido de las fuerzas reaccionarias que derrocaron a la primera república, setenta años antes de que lo lograran de nuevo con la segunda. Sólo teniendo en cuenta este contexto soy capaz de entender, aunque no mucho, la verdad,  lo que pasa en la España actual, donde a diferencia de lo que ocurre en otros países industrializados en los que son los banqueros y grandes industriales los que cortan el bacalao, vemos que  son personas como Esperanza Aguirre, aristócrata a la que no se le conoce actividad económica de provecho alguno,  las que tienen el poder, que ejercen con la única finalidad de permanecer en él, hasta el punto de que ella y sus amigos están a punto de derrocar a un gobierno entero. Aunque en Cataluña la realidad sea diferente, pues aquí sí que hubo salto del feudalismo a la sociedad industrial, el hecho de depender políticamente de España hace que se la pueda aplicar el mismo cuento.

El segundo hecho que me ha hecho pensar en M. Azaña y en la frase con la que encabezo este escrito es mi participación en el congreso anual de ICSA (www.icsahome.com) titulado “Manipulación, Abuso y maltrato en grupos”, que tuvo lugar en la joya del adriático, que es como llaman los italianos a la ciudad de Trieste, los primeros días de este mes de julio. Participé con una ponencia sobre Hipnosis y Manipulación Psicológica. Pero lo que me impactó y me lleno de esperanza fue el conocer a lo largo de esos  días a muchas personas que ejercen la libertad, luchan por ella, y se enfrentan como hizo David con Goliat a poderes muy superiores al suyo, con la única arma de la verdad. Así, en la misma mesa redonda en la que yo expuse mi ponencia, Angel Garden (http://www.localschoolsnetwork.org.uk/2011/08/some-very-good-reasons-why-steiner-schools-shouldnt-have-state-funding/) y su esposo explicaron como su hija sufrió continuadamente bullying de otros alumnos, sin que los responsables de una prestigiosa escuela, perteneciente a una organización elitista y con muchos lazos con el poder, se inmutaran. Aportan pruebas también de que lo que pasó con su hija es práctica habitual en las escuelas de la organización. El matrimonio ha recorrido medio mundo para denunciar el caso, después de que en su país, Nueva Zelanda, no les hayan hecho mucho caso los que tienen el poder, pero están consiguiendo que su historia la escuche mucha gente, y lo que es más importante, irse a dormir cada noche con la conciencia tranquila. También conocí en Trieste a Jill Mytton, londinense que ha denunciado como bajo la fachada de organizaciones no gubernamentales sin ánimo de lucro, algunas organizaciones, charities, como las llaman en el Reino Unido, están amasando una gran fortuna y un gran poder, que utilizan abusivamente contra muchos de sus propios miembros de base, que con la mejor intención se unen a la organización para sumarse a una buena causa, y acaban siendo dañados y abusados psicológicamente. He asistido al relato de Jill de cómo esa Charity está intentando hundirla, y he visto en sus ojos cómo están fracasando estrepitosamente en su empeño. Y podría explicar más ejemplos de personas que conocí esos días, y que se encuentran en situaciones parecidas a las de Angel y Jill. Personas que en el congreso de una organización como ICSA, cuyo brazo ejecutivo componen Michael Langone y Mike Kropveld, haciéndolo posible, tienen su espacio para alzar su voz y que las escuchen los demás. Pues los congresos de ICSA tienen la particularidad de unir durante unos días bajo un mismo techo, a profesionales de la salud, ex miembros de sectas (o grupos de altas demandas, como muchos preferimos denominarlos), personas víctimas de relaciones abusivas en otros contextos,  miembros activos de grupos de altas demandas, siendo todos bienvenidos, y teniendo todos voz en un mismo foro, donde, por definición, la visión de la realidad como blanca o negra está descartada.

Para mí, con cientos y cientos de años en mis venas de una cultura feudal en la que el vasallo no tiene ni voz ni voto, pues mi familia proviene de ese sitio de España donde el feudalismo fue, y me temo que es, más crudo: Andalucía; para mí, como decía, estar en ese ambiente durante unos días me resultó altamente estimulante y esperanzador, y me enseñó que nada cambiará si no lo cambio yo. Quizás a la tercera sea la vencida.

La meditación y estar conectado con uno mismo

Cada día nos enteramos de nuevas noticias que nos escandalizan. Me refiero a asuntos de la actualidad política y económica que tienen que ver con casos de corrupción. El estado de ánimo general cada vez es más resignado, y corremos el riesgo de caer en la desesperanza: ese sitio en el cual empezamos a dudar de que tenga sentido luchar e intentar cambiar alguna cosa, pues empezamos a perder la esperanza de que las cosas puedan cambiar, y de que nosotros podamos contribuir a que cambien. Entonces nos sentimos desconectados de esa realidad que nos vemos impotentes para cambiar, y precisamente porque nos sentimos impotentes para cambiarla, nos sentimos desconectados de ella, hasta llegar a un punto en que somos nosotros los que nos desenchufamos. Caer en la desesperanza tiene consecuencias para nuestro sistema nervioso, pues  empezamos a segregar hormonas antiinflamatorias en exceso que nos llevan a una situación de mantener a nuestro organismo en estado de alarma, dañándolo.

Pero antes de llegar  a esa situación de daño corporal, la mente ya ha puesto en marcha otros mecanismos de defensa para luchar contra la falta de sentido. Porque es la falta de sentido lo que a la mente le chirría y le hace daño. Pongo un ejemplo. Si a una persona le enseñaron que la responsabilidad en el trabajo y hacer bien las cosas es la manera adecuada de actuar, y la que le permitirá adaptarse mejor a su puesto, estar satisfecho y que los compañeros y superiores lo estén con él, como digo, si a una persona le enseñaron eso, pero después ve en su trabajo que al peor trabajador, pero que sabe hacer la “pelota”, le va mucho mejor, entonces las cosas dejarán de tener sentido para él en el trabajo. Y es en esa situación cuando la mente, para defenderse, puede reaccionar de diversas maneras, más o menos saludables. Una típica, que puede ser saludable a corto, pero probablemente no a largo plazo, ya que no se puede estar siempre a la defensiva, es mirar hacia otro sitio. De hecho, el mirar hacia otra parte es una de las especialidades de la mente, para la cual está especialmente dotada. Tan dotada está que con poquita práctica  le resulta muy sencillo no ver algo que está delante sin ni siquiera tener que apartar la mirada. Y eso es así porque más que con los ojos de la cara, vemos con los ojos de la mente, es decir, que vemos lo que queremos ver, y lo que no queremos ver, pues no lo vemos. A este fenómeno  técnicamente se le llama disociación, y es la base de muchas situaciones que nos encontramos cada día, desde el “mi hijo es muy inteligente, aunque le hayan quedado todas las asignaturas” hasta el “¿por qué?, ¿por qué?“ de Mourinho. Pero también la disociación, cuando no se usa como mecanismo de defensa, es la que le permite  al lector desconectarse de su ambiente inmediato para zambullirse con los cinco sentidos en un buen libro, o la que le permite al pionero de cualquier campo dejar de ver lo que son las cosas y ver lo que pueden llegar a ser, actuando como si ya fueran así,  y arrastrando a los demás que le siguen en su visión.

Así, la disociación no es en sí ni buena ni mala, sino que depende del uso que se haga de ella el que sea de una manera u otra. Lo que sí quiero resaltar es que tenemos una gran capacidad para disociarnos. Tanta es nuestra capacidad, que podemos vivir gran parte de nuestra vida disociados, y no sólo respecto del exterior, sino también, y eso es aún peor, de nosotros mismos. Porque lo peor de usar la disociación, cuando la usamos como arma de defensa para dejar de ver todo lo feo que ocurre en el exterior, es que pagamos el precio de dejarnos de ver también a nosotros mismos. Y así, a la vez que nos desconectamos del exterior, nos desconectamos de nosotros también. Y es entonces cuando, paradójicamente, somos más vulnerables. Y digo paradójicamente porque es una paradoja que sea precisamente la estrategia de defensa utilizada la que nos haga más débiles.

Hay muchas maneras de conectar, o reconectar, con uno mismo. Una forma fantástica nos la ofrece la meditación.

Y es que, ante los tiempos que corren, en los que la desesperanza nos puede hacer su presa, conviene estar muy en contacto con uno mismo, y no desconectarse de lo que es importante.

Estar y no estar

Es curiosa la capacidad que tenemos las personas para estar en un sitio y a la vez no estar. Pondré un ejemplo para explicarme. He visto en varías ocasiones a mujeres convencidas, tras muchos años de relación, de que querían separarse de sus maridos. Se habían sentido maltratadas durante mucho tiempo, humilladas por ellos en innumerables ocasiones, habían sido objeto de comentarios menospreciativos que se repetían con normalidad, y que habían acabado hundiéndolas. Pero un día reaccionaron y decidieron romper ese círculo vicioso en el que se hallaban sumidas. Se dieron cuenta de que ellas no eran culpables de su desesperación, que no eran inútiles, y que si estaban mal no era por su culpa, sino por la de sus parejas, que las machacaban y utilizaban como cubo de la basura al que arrojar todas las frustraciones que había en sus propias vidas. Cuando algunas de esas mujeres, porque muchas otras aún están en el fondo del pozo, tomaron la decisión de romper con sus maridos, y así se lo comunicaron, a éstos se les cayó el mundo encima. Ellos se sorprendieron, porque lo último que pensaban es que sus mujeres estuvieran mal. Ellos las veían bien. En realidad no veían nada de lo que ocurría, y es a este fenómeno al que le quiero dedicar este escrito.

Podemos estar años al lado de alguien y no verlo. La costumbre amortigua la sensibilidad, dice Proust, y muchos de los maridos a los que hago referencia en el párrafo anterior se sintieron profundamente culpables cuando finalmente, y tras muchos años, vieron a sus mujeres. Estos maridos no eran ogros venidos de Marte, aunque lo podía parecer a primera vista, si no personas insensibilizadas por el más terrible deshumanizador que se haya inventado: la costumbre. La costumbre y la ceguera son primas hermanas, y por eso trabajan juntas. La primera suele prepararle el terreno a la segunda. Juntas consiguen mantener desigualdades y abusos durante años y años sin esfuerzo no solo entre parejas, sino entre pueblos y naciones enteras. Pero no nos desviemos de las parejas. La costumbre provoca ceguera, pero no una ceguera total. Se trata en este caso de una ceguera en que los ojos ven, pero la mente se halla ocupada en otra cosa. Y es que para ver no basta con utilizar los ojos, y aunque estos funcionen perfectamente podemos estar no viendo.

Es por eso que el marido se siente terriblemente sorprendido cuando su mujer le dice que se va porque no está bien con él. Se siente tan sorprendido porque aunque sus ojos la veían, él estaba en otra cosa. Pero cuando su mujer le dice que se va, entonces ve de repente. Y ve no porque ella le diga que está mal debido a como él la trata, ya que eso ya se lo ha dicho antes muchas veces. Ve porque el golpe de la amenaza de perderla lo saca del letargo de la costumbre. Entonces reacciona; entonces vuelve a ver no sólo con los ojos. En realidad nunca dejo de ver, pero lo que ocurre es que estaba en otra cosa.

Para devolverles su humanidad a esos hombres y lograr que vuelvan a estar con sus mujeres cuando están con ellas, puede bastar con extraerlos de ese narcotizante poderoso que se llama costumbre.

Dionisio

El siguiente día también cocinó Dionisio. Su dominio sobre la cocina era completo, y nadie se atrevía a disputárselo. Dionisio es el tío de Teresa, y padre de Noelia, y es una de esas personas que te impactan desde el primer momento. Por lo menos eso es lo que me ocurrió a mí. Profesor de filosofía de un instituto, astrónomo en sus ratos libres, lector empedernido, ha creado una biblioteca de más 4.000 libros con sus manos, y digo esto en sentido literal,  pues ante el gran espacio necesario para almacenar tanto libro, ha reformado la casa en la que veranea  con sus propias manos para darles cabida.  Esa linda casa en la que nosotros pasamos el fin de semana. Y es que Dionisio trabaja con sus manos y su cerebro. Dionisio es un intelectual, pero te lo puedes encontrar a cualquier hora en el bar del pueblo enfrascado en acaloradas conversaciones con los lugareños, pues él en última instancia también lo es, y si la vida le llevó lejos de allí para ganarse la vida, su corazón lo trae de vuelta cada verano o época vacacional para reencontrase consigo mismo. Podría hablar durante más tiempo de sus proyectos y realizaciones, y al no hacerlo seguramente incurriré en omisiones de importancia. Pero no es tanta mi intención describir su vida a modo autobiográfico como transmitir lo que el contacto a lo largo del fin de semana con él supuso para mi. Para mi supuso el ejemplo de alguien que se mantiene abierto pasados los 60, y aunque este hecho pueda no parecer excesivamente llamativo, para mi lo es en un sentido muy especial. Creo que a lo largo de la vida  las personas elegimos un camino, y desechamos otros. Y aunque podamos hacer nuestros pinitos en muchos ámbitos, cada vez, a medida que avanzamos más en el camino elegido, nos cerramos más opciones en los otros. Creo que a eso se le llama especialización. A más especialización más efectividad en ese ámbito. Pero, ¿ Qué ocurre cuando sacas a un especialista de su ámbito de especialización?. El deportista que ha llegado a lo más alto, cuando acaba su carrera deportiva se hace entrenador o pone una tienda de deporte, o ambas cosas, pero sigue relacionado principalmente con el mundo del deporte o de su deporte, pues a lo que se dedicó primero le marca el camino respecto a lo que dedicarse después. Nada de criticable veo en ello.

Pero Dionisio es un ejemplo de otro tipo de persona. Se acerca al hombre del renacimiento, al humanista que es un maestro en una amplia variedad de ámbitos. Es lo más alejado que se pueda imaginar del especialista, pero no por ello es menos bueno en lo que hace. Que las cosas que hace  sean lo más alejadas posible  las unas de las otras es algo que tiene algún sentido antes de encontrarte con hombres como Dionisio. Cuando la suerte, pues no abundan, te lleva a encontrarte con uno de ellos, te das cuenta de que esa distancia no existía más que en tu imaginación, como una limitación más que nos impide ver más allá. Por eso tiene tanto valor encontrar de vez en cuando hombres como Dionisio, capaz de hablar de los principios morales de Stuart Mill,  mientras intercala sugerencias  sobre la manera de mover la espumadera a la hora de remover el  pisto, a la vez que está atento a que no se le seque el yeso que debe utilizar para las paredes de su nueva biblioteca. ¿Por qué esos hombres abundan tan poco?, ¿Por qué los paletas no hablan de filosofía? ¿ o los políticos de música?, ¿ o los banqueros de literatura?, ¿Por qué los indignados no  intentan ganar unas elecciones para arreglar lo que les indigna?, ¿Por qué los cantautores no labran la tierra?.

Claro que estoy hablando en general, y hay grandes excepciones, que corresponden a otros no menos grandes hombres y mujeres.  Miquel Martí i Pol, nuestro gran poeta, trabajaba en una fábrica de papel a turnos. ¿Y fue peor poeta por ello? No. Probablemente todo lo contrario.

En definitiva, y tomando como referencia la frase de García Márquez, conocer a Dionisio fue una gran experiencia, no por quien es él, sino por lo que me ha hecho ver que puedo ser yo.

No nos educan en el amor

Nadie salva a nadie, pero nadie se salva solo (Paulo Freire)

“No nos educan en el amor”, me dijo ella, no mucho después de habernos conocido. Nos encontrábamos en la deliciosa tertulia de que he hecho referencia en el escrito anterior, al poco de haber llegado al pueblo del interior de España donde la conocí, tras un viaje de 500 Km con mi mujer y otra pareja de amigos, Juan y Teresa.  Ella, Noelia, era la prima de Teresa, y ambas solían ir a desconectar al pueblo de sus padres. Lo hacían en vacaciones o en puentes largos. Matilde, que así es como se llama mi mujer, y yo nos habíamos agregado esta vez. Como no era una testigo de Jehová  ni podía tener connotaciones sexuales, pues la decía en una charla de sobremesa en la que nos hallábamos presentes todos, me quede descolocado cuando escuche su frase.  En realidad, me habría quedado descolocado igual aunque hubiera sido una testigo de Jehová o la frase hubiera tenido connotaciones sexuales. Pero el caso es que no era el caso. Y cuando te quedas descolocado lo primero que te invade es una gran sensación de incomodidad. Empiezas a mirarte a ti mismo. Empiezas a ser consciente de tus movimientos en la silla, a no saber qué hacer con las manos. Te vuelves, según Octavio Paz, adolescente otra vez, pues este sabio dice que la adolescencia se caracteriza por un mirarse a uno mismo constantemente, y que sólo se supera cuando dejas de hacerlo. Adivino que muchos estarán pensando que, según este criterio, la raza adolescente es mayoritaria en este planeta. No es objeto de este escrito adentrarme más por ahí, y vuelvo a mi incomodidad ante Noelia. Cuando me encuentro incómodo en alguna situación tengo dos opciones, o me relajo y me dejo llevar o me precipito y meto la pata. Cuál de ellas elija, aunque a veces me autoengaño diciéndome que no elijo yo, sino que es superior a mis fuerzas y me veo arrastrado a hacer lo que acabo haciendo, sobretodo  cuando meto la pata; como decía, la opción que elijo tiene mucho que ver con la situación en que me encuentro.  En esta ocasión concreta, la situación invitaba a dejarse llevar, tras haber llegado a nuevas tierras, donde el aire y los colores, como dice Teresa, son diferentes, y tras una comida que fue más que eso: un ágape, como dijo el filósofo Dionisio, que cocinó para nosotros productos de la tierra y lo regó todo con su conversación. ¡¡No todos los días cocina para ti un filósofo!! Pero eso había sucedido durante la comida, y a estas alturas de la sobremesa el filósofo echaba la siesta y su hija Noelia ejercía de digna anfitriona, descolocándome y obligándome a dejarme llevar, y a salir del refugio de mi mismo escuchando más, atendiendo más, atreviéndome a hablar más desde lo que pienso y desde lo que deseo.

Y es cuando nos descoloca algo que tenemos la oportunidad de volvernos a colocar, pero en una posición mejor, que supera a la anterior que ya nos estaba momificando y dejando rígidos. Todo eso sucedía en mi interior, y los proyectos  de la treintañera que en la sobremesa explicaba qué pretendía hacer con su vida en los próximos años,  y que tenían como base educar en el amor, eran la causa.

Formas de ver las cosas

Fuimos a pasar el fin de semana con unos amigos, Teresa  y Juan,  a un pueblecito de la provincia de Soria, donde el tío de Teresa tiene una casita a la que nos habían invitado. Curiosamente, otro amigo mío, Toni, tenía a su familia veraneando desde hacía un par de semanas a pocos kilómetros del pueblo al que nosotros íbamos, y en esos días tenía previsto viajar por su cuenta para ir a unirse con ellos,  así que le propuse que viniera con nosotros, y de esa manera se ahorraría el dinero del autobús, además de poder ir juntos.  Quedamos en que su mujer lo vendría a recoger a un pueblo cercano, para ahorrarnos unos kilometrillos. Puestos ya en camino, y para hacer el viaje más llevadero, paramos a mitad de trayecto a desayunar, y cuando volvimos a nuestro coche, nuestros amigos, que iban en el suyo, propusieron hacer una última parada antes de llegar al pueblo, en la capital, para comprar en el supermercado alimentos para el fin de semana. Pero justo a la entrada de Soria, nuestro amigo Juan paró bruscamente y nosotros nos vimos obligados a hacer lo mismo detrás. Entonces salió del coche un poco alterado y nos dijo que Teresa decía que podíamos ir, si queríamos, tirando para el pueblo de Toni, que a Teresa se le había ocurrido en la rotonda anterior  llamarnos para decírnoslo y que él le dijo que no llamara, que ya paraba un poco más adelante y nos lo decía. Nosotros, un poco sorprendidos por el cambio de planes, dijimos que ya nos parecía bien el original, y no vimos ningún sentido en cambiarlo. Teresa también se bajó del coche y nos dijo que ya iba a comprar ella, y que por lo tanto no hacía ninguna falta que fuéramos también nosotros al “super”. Pero mi mujer le respondió que podía ir a comprar ella, si quería, pero que no tenía ningún problema en esperarla fuera. Así que nos quedamos, bien porque no viéramos sentido en la proposición de Teresa, bien porque no tuviéramos la cintura para cambiar  el plan inicial. Mientras Teresa compraba, y el resto la esperábamos, le hice a Juan un par de comentarios sobre el incidente, en la línea de que ya habíamos quedado en el desayuno   en parar todos juntos en Soria, y que para qué de repente cambiar el plan. Juan expresó ser de mi misma opinión, al igual que mi mujer. Toni asintió con su silencio. No se habló más del tema, quedando sentenciada por la mayoría, en ausencia de la minoría, la cuestión.  Cuando Teresa acabó de hacer la compra, nos dirigimos al pueblo en que habíamos quedado con la mujer de mi amigo Toni, donde dejamos a éste y proseguimos nuestra marcha.

Ya por la tarde, y después de una abundante y deliciosa comida, ofrecida por el anfitrión de la casa, Dionisio, tío de Teresa y sobre el que estoy obligado a hablar en otra ocasión, nos enfrascamos en una deliciosa tertulia, producto de la tranquilidad, los nuevos aires, y de las nuevas personas encontradas en el pueblo. Estoy hablando de Noah, la prima de Teresa, de la que también tendré que hablar más adelante. Efectivamente, en ese ambiente distendido, volvió a salir el tema de la parada en el super de por la mañana, y Teresa se expresó así.” Llegando a Soria pensé que mientras yo compraba, vosotros podíais ir tirando para el pueblo donde habíais quedado con la mujer de Toni, y mientras nosotros llegábamos, estar un rato con ella; así  todos íbamos más tranquilos. Pero a Juan no le gustó nada la idea (queda por saber si lo que no le pareció buena idea fue que Teresa llamara, que lo quisiera hacer tan repentinamente en medio de la rotonda o que cambiara de plan) y entonces me dijo que no llamara, que ya pararía 100 m más adelante para decírnoslo él”.El resto de la historia ya lo conocemos.