Pido para mí el aprender a pedir

Preguntas

Aquello que más perseguimos es lo que nos resulta más esquivo. Cuando estamos a punto de perder a alguien nos aferramos a esa persona, y así aceleramos que se nos escape.

Cuando queremos ayudar es cuando resultamos de menos ayuda. Especialmente si tenemos tantas ganas de ayudar que acabamos forzando la situación. En realidad no somos conscientes de que estamos forzando en esos momentos nada. Es simplemente que estamos convencidos de algo, y ese convencimiento nos hace impetuosos. Ese convencimiento nos aleja de los puntos de vista de los demás, que ni siquiera podemos llegar a considerar: sólo vemos lo nuestro. Y confundimos lo que es mejor para nosotros con lo que es mejor para los demás. Esa es una confusión muy grave, pues es muy difícil de corregir.

Los testigos de Jehova están convencidos de que sólo 100.000 personas se salvarán del infierno. Para entrar en ese cupo hay que hacer una serie de cosas durante nuestra vida. Cuando un testigo de Jehová nos aborda por la calle, lo único que pretende es ayudarnos a ser una de esas 100.000 personas, y da por descontado que ese es también nuestro máximo interés. Por eso son tan vehementes.

En realidad, todos somos un poco testigos de Jehová en nuestras vidas. En el terreno de las relaciones personales es donde esta manera de actuar se muestra con toda su crudeza, casi de manera violenta.

Recientemente me he encontrado un cliente para el que la vida no tiene sentido más allá de la relación de pareja. Tengo que decir que esto no es la primera vez que me sucede. Su pareja lo es todo para él. Y si su pareja decide como lo ha hecho que la relación se ha acabado, entonces a esa persona ya no le queda nada. Nada, excepto luchar. Luchar para que esa relación no acabe. Preguntarse qué es lo que ha hecho mal, o qué es lo que podría hacer mejor, y castigarse primero por ello, y hacerse el firme propósito después de enmendarse, autoengañándose con la idea de que al corregirse él la persona querida no se irá. ¿Cuánto cuesta en esos momentos escuchar y aceptar lo que la otra persona pide? ¿Cuánto cuesta dejar de mirar lo que uno quiere, lo que uno necesita en esos momentos?, ¿Cuánto cuesta dejar de ver que lo que yo creo que es mejor para mí no es necesariamente lo que es mejor para la otra persona? ¿Cuánto cuesta ver que son dos cosas diferentes?

Dejar ir a una persona. Desprenderse. Hubo un tiempo en que la otra persona pidió, y repitió lo que quería. Pero ese tiempo ya pasó, y ahora ha tomado una determinación. Y es importante respetarla. Una de las formas más brutales de agresión sucede cuando alguien cree saber mejor que la otra persona lo que es mejor para ella. Eso es válido para adultos a cargo de niños, y ni siquiera en este caso es siempre así.

Tenemos que aprender a pedir. Es una virtud pedir sin complejos, sin pensar que no nos merecemos lo que pedimos. Y ese aprendizaje corre paralelo a aceptar que nos digan que No a lo que pedimos, a aprender que la otra persona merece que aceptemos su negativa. Poner el foco en lo que la otra persona merece, y desviarlo así de lo que nosotros creemos merecer, nos hace grandes.  Y nos hace responsables de lo único de lo que lo somos en realidad: de nosotros mismos.

Saber pedir y saber aceptar la respuesta. Son las dos caras de una misma moneda. Dos aprendizajes que dependen el uno del otro. Hay muchas maneras de realizar este aprendizaje a medias, o de no realizarlo en absoluto. Algunas pueden ser:

  • Espero que la otra persona se dé cuenta de lo que necesito sin tener que pedirlo. Esto me ahorra a mi tener que hacer la petición. Cuando la otra persona no responde como espero me siento herida. En este caso ni sé pedir ni sé aceptar la respuesta. Y para redondearlo, suele ocurrir que no comparto qué es lo que me ha producido la herida, o hasta el mismo hecho de que se ha producido tal herida. Más tarde, u otro día, saltaré a la yugular del que me la produjo por cualquier estupidez, o peor aún, saltaré a la yugular de alguien que no tiene nada que ver con quien me produjo la herida. Lo cierto en realidad es que esa herida me la produje yo sólo.
  • Pido algo, pero lo pido con tan poco ímpetu que en la pregunta ya estoy sugiriendo la respuesta: “No me lo concedas”. En estos casos, suele ocurrir que en realidad busco el No para aumentar mi munición cuando se presente un conflicto con quien así me responde. Cuando tal conflicto estalle podré decirle: “te pedí x y pasaste de mi” y el convencimiento con que diré estas palabras será mucho mayor que el que mostré al hacer la petición inicialmente.
  • Pido algo, pero aclaro y pongo mucho énfasis en que sólo lo quiero si a la otra persona no le molesta hacer lo que le pido. De hecho, pongo más énfasis en que para la otra persona no sea una molestia que en la petición en sí misma. Y acabamos debatiendo sobre si es una molestia o no es una molestia lo que le pido.
  • Pienso tanto tiempo en si lo pido o no que cuando lo pido ya no es el momento oportuno para pedir. Y aunque en realidad el refrán más vale tarde que nunca es plenamente aplicable aquí, me convenzo a mí mismo de que ya no es el momento de pedir lo que iba a pedir, y no hago la petición.
  • Pienso que si pido ahora un favor más tarde tendré que devolverlo yo. Así, si no pido en primer lugar me ahorraré tener que devolver después. Es un clásico en estos tiempos de hospitabilidad desmesurada no aceptar invitaciones a casas ajenas para no tener después que invitar a la propia. Hay una ley no escrita pero de riguroso cumplimiento que tiene que ver con la equidad entre lo que se da y lo que se recibe. Hay quien se toma esta ley extremadamente al pie de la letra. Un conocido mío me explicó que le regaló a un amigo suyo 50.000 pesetas para su boda. De camino a la misma paró junto a su mujer en una gasolinera para repostar, al lado de la cual había un puesto ambulante de cerámica donde se exhibían unos tiestos en forma de zapatilla que le hicieron mucha gracia. De repente, enfrente de todas esas zapatillas de cerámica pensó que le llevaría una a su amigo. Cuando quien me explicó esta historia se casó e invitó a su amigo, en el sobre de su regalo había 51.000 pesetas.

La cosa se complica más, como siempre que hay personas por medio, cuando pido bien algo, pero es la otra persona la que no sabe responder. Cuando me da evasivas, “Ya te diré algo” o no responde nada en absoluto. Entonces un nuevo panorama se abre ante nosotros. Creo que saber preguntar implica en estos casos insistir en que nos den la respuesta.  Seguramente hay una fina línea entre el insistir y el ser pesado, y el saber establecer dónde está esa línea es una habilidad importante que también se aprende. Porque saber preguntar implica saber insistir en caso de que no nos respondan, pues puede haber mil motivos detrás del silencio, pero no el ser pesado o agobiante para que lo hagan.

Creo de verdad que si aprendemos a pedir primero y a aceptar la respuesta que nos den después, nuestra vida y nuestras relaciones serán más ricas y satisfactorias.

En estos tiempos de deseos y peticiones para el año nuevo, pido para mí el aprender a pedir.

Mis ganas de ganar no llegan a tanto: Conceptos sobre sugestión, hipnosis y manipulación

Escaleras

A una niña de 8 años aquejada de dolor de cuello que le impedía tragar cualquier tipo de alimento, le pedí que me dejará su buff y que me ayudará, mediante un ritual, a convertirlo en un buff mágico, que soluciona todo lo que toca. Así lo hicimos y después se lo volvió a poner. El problema quedó solucionado al instante. Esto parece muy fantasioso, muy infantil. Los adultos somos más racionales. ¿O no?

André Agassi, en el Roland Garros de 1999, tras haberse divorciado de Brooke Shields hacía sólo unos meses, en un estado de ánimo por consiguiente lamentable, y con muchos problemas físicos de hombro, se dio cuenta de que en el partido de primera ronda del torneo se había dejado los calzoncillos. Él era muy meticuloso, y no se imaginaba cómo podía jugar sin calzoncillos. Por aquel entonces ya llevaba 13 años como profesional, y había ganado todos los torneos del Grand Slam, excepto Roland Garros, que se le resistía. Había perdido tres finales en París, y ese era un escenario maldito para él. Su entrenador le ofreció dejarle sus calzoncillos. Pero Agassi le respondió que sus ganas de ganar no llegaban a tanto. Pues bien: ganó el partido. Cuando una cosa funciona, no la cambias, dijo después, y ya no se puso calzoncillos en todo el torneo: Lo ganó. Ya no se los puso más a lo largo de toda su vida tenística.

Si yo os pregunto: ¿es por el hecho de no llevar calzoncillos que Agassi ganó Roland Garros en 1999? Evidentemente todos responderemos que no. Pero quien haya hecho deporte en serio sabe que en los momentos de las finales la tensión es alta, y que detalles estúpidos pueden marcar la diferencia. Detalles estúpidos que tienen que ver con tener la actitud adecuada. Y en ese sentido todos los amuletos y rituales pueden decantar la balanza. Agassi ganó Roland Garros fundamentalmente por toda la cantidad de trabajo que había hecho, por las horas y horas de entrenamiento. Y claro, ¿porque no? por creer que jugar sin calzoncillos le traería suerte. La hipnosis es como esos calzoncillos. Tiene que ver con creer, con la fe. La fe no es suficiente para ganar Roland Garros, o para conseguir cualquier cosa que creamos que merece la pena en nuestra vida. De hecho, por sí misma es muy poca cosa. Pero es necesaria para conseguir todo lo que requiere un esfuerzo y no es fácil, y si no la tenemos, no conseguiremos nada.

Y aquí está presente un elemento que tiene que ver con la manipulación. Necesito fe, convicción, esperanza. Esos son elementos que sólo yo puedo tener. De hecho, no necesito a nadie para tenerlos, y por mucho que me digan, sólo soy yo el que puede creer, (que por ejemplo jugando sin calzoncillos me irá mejor). No obstante, eso en lo que creo puede estar sujeto a manipulación. Pongamos por caso que me hacen creer que para conseguir alguna cosa valiosa para mí, necesito primero algo que no poseo, y que para poseer debo comprar. Este es el núcleo básico del consumismo: venderme algo que hará mi vida mejor. También pueden hacerme creer, o creérmelo yo solito, que necesito a alguna persona (media naranja) para yo estar bien, o que no me las arreglaré sólo en alguna cuestión. Todas estas creencias fomentan la dependencia.

En la hipnosis, para que sea honesta, es importante incidir en que lo importante es creer, no en lo que se cree. Cuando damos más importancia a lo que creemos que al hecho de creer, abrimos la puerta a la manipulación, como siempre que fomentamos una creencia falsa. Abrimos la puerta a la manipulación porque cambiamos el énfasis desde el yo, que soy el que cree, al otro o a lo otro, en quien creo o en lo que creo. Por los mismos motivos, le abrimos la puerta a la dependencia de ese otro o de eso otro si llego a creer que los necesito para conseguir algo, de manera que cuando no disponga de ello me veré disminuido hasta el punto de fracasar en mi misión.

Si lo importante es creer, y no en lo que se cree, soy yo el que tiene la sartén por el mango, pues la capacidad de creer es enteramente mía.

Si lo importante es en quien se cree, o en lo que se cree, yo pierdo protagonismo y lo gana ese alguien: (algún gurú, o líder de cualquier tipo, por ejemplo) o ese algo (alguna doctrina o ideología política, o terapéutica, por ejemplo)

Pongamos por caso las Flores de Bach. Si yo creo que para que funcionen lo importante es que yo me crea que funcionaran, estamos hablando de una cosa. Si yo creo que para que funcionen lo importante es su composición, estamos hablando de otra. En el primer caso lo importante es mi actitud, en definitiva, lo importante soy yo. En el segundo, lo importante son las Flores de Bach en sí mismas, y de lo que están hechas. En el primer caso, en definitiva, se fomenta la responsabilidad personal, mientras que en el segundo la dependencia de mi bienestar de algo exterior a mí. En la realidad ambos tipos de creencias siempre acostumbran a estar mezcladas, y es probablemente una cuestión de énfasis. Es decir, cuando me las tomo, creo que las flores de Bach me harán bien, y además lo creo por su composición.

Hasta tal punto son importantes las expectativas que tengo ante un medicamento para explicar su efecto, que cuando éstas se eliminan, por ejemplo, ocultándole al paciente que se le ha administrado, su efecto disminuye considerablemente. Es lo que ocurre con la administración de un producto nada sospechoso de ser placebo: La morfina, en pacientes aquejados de dolor agudo, tal y como ha sido demostrado en varios estudios. Cuando la morfina se les administra a estos pacientes sin ellos ser conscientes, su efecto en la reducción del dolor es significativamente menor.

El tiempo es oro

Señal

Hace unos días acabé de impartir el curso de Gestión del Tiempo que el ICS había encargado a institutpehuén para sus trabajadores en la Cataluña central. La verdad es que me gustaría repasar varias de las ideas básicas para mí del mismo.

Peter Drucker dijo que el tiempo es el recurso más complejo, y que quien no sabe gestionarlo no sabe gestionar nada. Esta frase es muy lapidaria, pero no puedo estar más de acuerdo con ella. De hecho, no hay nada de lo que podamos hacer o pensar que no necesite de ese recurso al que denominamos tiempo, lo cual lo diferencia de la totalidad de los otros recursos, que pueden ser necesarios para unas cosas, o muchas cosas, pero que nunca lo son para todas, como lo es el tiempo. Otra frase, que elegí para mis postales de navidad de hace un par de años dice que “somos el tiempo que nos queda”. En ella se nos sugiere que la condición para ser es que tengamos un tiempo para ello, de la misma manera que la condición para jugar al futbol es tener una pelota, por ejemplo. Y así, igual que sin pelota no habría fútbol, sin tiempo no habría ser.  También esa frase es una invitación a aprovechar el tiempo, a practicar el carpe diem. Pero ¿qué es aprovechar el tiempo? La respuesta que dábamos en el curso a tal pregunta era que aprovechar el tiempo es hacer lo más importante que en cada instante tienes la oportunidad de hacer. Dicho de otra manera, si en un determinado momento estás haciendo algo menos importante que otra cosa que podrías estar haciendo en su lugar, entonces, estás perdiendo el tiempo. Para ejemplificar esta idea les decía a las alumnas (la mayoría eran mujeres) que si en esos instantes tenían cosas más importantes que hacer que estar escuchándome a mí en el curso, entonces estaban perdiendo el tiempo. A este comentario seguían risas, y seguidamente yo les rogaba que se abstuvieran de hacer cualquier aclaración adicional.

El párrafo anterior nos lleva a la necesidad de determinar qué es lo importante para cada uno, y de lo básico que resulta saberlo con claridad para evitar perder el tiempo. El establecer lo que es importante para nosotros no es una tarea que se pueda delegar, aunque muchos quisieran hacerlo, o de hecho lo hagan. Victor Frankl, al que cito frecuentemente en este blog, dice que muchos esperan a que la vida les revele cual debe ser su papel en ella. Esperan a que alguna circunstancia, lugar, persona o Dios les ilumine. Esperan encontrar el camino. En definitiva: esperan. Señala que esa es una actitud errónea, pues no debemos preguntarle a la vida cuál es nuestra misión, y esperar a que ella nos responda de alguna manera. Por el contrario señala Frankl que es la vida la que nos pregunta a nosotros por nuestra aportación, y que somos nosotros y nadie más los que tenemos la responsabilidad, la obligación incluso, de responder. Esa es una tarea solitaria que suele dar pánico. Tanto, que podemos acabar delegándola. Si así lo hacemos nos libraremos del miedo a decidir, pero a un precio. El precio será que acabaremos haciendo en cada momento no lo que es importante para nosotros, sino lo que es importante para aquel o aquella que respondió la pregunta por nosotros.   Así, acabaremos siendo para otro, y por mucho tiempo que tengamos no acabaremos siendo realmente.

Las preguntas adecuadas

Las preguntas de la vida

El pasado 16 de diciembre Carlos Chimpén, presidente de la Asociación Española de Terapia Narrativa, AETEN, nos regaló una conferencia a l’Associació de Psicòlogues i Psicòlegs de l’Anoia. La terapia narrativa postula que elegimos una historia, una narración, para explicar lo que somos. A esa historia se le llama historia dominante, y en función precisamente de ese dominio sobre todas las demás historias posibles, la dominante ejercerá una influencia poderosa sobre la persona. La historia dominante puede decir, por ejemplo, que yo soy una persona incapaz de ofrecer a los demás algo que a ellos les satisfaga, sea diversión, cariño o seguridad. Puesto que es dominante, me comportaré de acuerdo a tal historia, y creyéndome incapaz de ofrecer a los demás algo que les satisfaga, realmente dejaré de estar concentrado en ofrecérselo. Si tenemos en cuenta que conseguir algo que no es fácil, es decir, algo que merezca la pena, requiere de toda nuestra atención, el hecho de que ésta se vea invadida por expectativas de fracaso estimulará que el resultado sea precisamente un fracaso. Así, los resultados de mis acciones me confirmarán mi incapacidad para ofrecer a los demás algo que a ellos les satisfaga. De este modo, la historia dominante lo será más aún cada día.

¿Qué podemos hacer, entonces, para cambiar la historia dominante? La respuesta es cambiar las preguntas.

El mismo Carlos me explicaba, de regreso a su hotel, al que yo le acompañé al termino de la conferencia, y de una cena en el Bar Barcelona, sencilla en lo gastronómico pero rica en las historias que el público asistente a la conferencia, y que se sumo a la cena, compartimos con Carlos, que lo que él aprecia son las personas que le den no las respuestas adecuadas, sino las preguntas indicadas. Después ya se encargará él de buscar las respuestas.

Pues es una nueva pregunta la que puede propiciar una nueva respuesta. Y así, a la persona del ejemplo le podríamos preguntar: ¿Explícame cuando has podido dar a alguien algo que apreció? La respuesta será una excepción a la historia dominante, y esa excepción puede actuar de semilla que traiga a la palestra más excepciones, hasta que con el conjunto de esas excepciones podamos construir una historia alternativa.

Es tremendamente estimulante encontrar una alternativa a algo, pues esa alternativa amplia nuestras posibilidades, y nuestra visión de las cosas. Y también de las personas.

En el conflicto y el enfrentamiento es donde las historias dominantes más sofocan a las alternativas. En los divorcios traumáticos, por ejemplo, además de una historia dominante acerca de quién es uno mismo, cada parte tiene una historia dominante que explica quién es el o la ex. Estas últimas historias suelen tener un título que las resume perfectamente. Uno muy típico es: Mala persona.

No obstante, las historias alternativas nunca mueren. Siempre están disponibles si, a pesar de todo, hacemos las preguntas adecuadas. Y en el más turbulento de los conflictos pueden emerger si las estimulamos con el alimento que las fortalecerá, y las hará realmente una historia alternativa a la dominante. Ese alimento será la pregunta adecuada, como por ejemplo ¿Explícame cuando tu ex. es una buena persona?

Estar contento o ser feliz; Ahora sí

El otro tema del que hablamos en nuestra clase improvisada en la cafetería fue sobre el que trata el título de este escrito. Allí concretamente una alumna le preguntó a un alumno si estaba contento o era feliz. No me acuerdo en absoluto de la respuesta del alumno, porque en el momento en que escuché la pregunta toda mi atención se centró en ella, y en sus implicaciones, y dejé de atender a la respuesta.

La primera implicación de esa pregunta fue para mí que estar contento y ser feliz eran dos cosas diferentes, y que por lo tanto podían ir juntas o separadas, es decir, que aunque se puede estar contento y ser feliz, también se puede estar contento y no ser feliz. O se puede ser feliz y no estar contento. Y enmarañando más la cosa, ¿Podría ser que la una estuviera en contradicción con la otra? Es decir, ¿que por estar uno contento se cerrara la puerta a la posibilidad de ser feliz? ¿O que la felicidad supusiera la imposibilidad de estar contento?

Vamos a intentar arrojar un poco de luz sobre el asunto. Podría ser que uno buscara la satisfacción en los pasatiempos del día a día. En la televisión, en el cine, en la práctica del deporte o en su seguimiento a través de los medios de comunicación, por poner sólo unos pocos ejemplos; podría ser que uno dedicara la mayor parte de sus esfuerzos a buscar estar contento, empleando una gran cantidad de energía en estar bien. Y podría ser que precisamente ese anhelo del bienestar alejara a la persona del compromiso con principios suyos fundamentales que requieren un esfuerzo, y que son por tanto difíciles de conseguir, pues suponen un camino pedregoso y lleno de dificultades, y no exento, por tanto, de sufrimiento. Así, el de la felicidad podría ser un camino que no implicara estar contento siempre, o la elección constante del bienestar.

Así, el camino de la felicidad podría ser un camino de renuncia a lo accesorio para elegir lo fundamental. Dicho así no parece esa una elección difícil de hacer. Pero lo accesorio y lo fundamental cuando están mezclados son difíciles de discernir, y más si por lo deprisa que vivimos dedicamos poco tiempo precisamente a eso, a discernir, y si lo accesorio, además, es lo más divertido, o lo más llamativo, como suele suceder, o lo que más nos entretiene, o lo más fácil de elegir. En esas circunstancias lo fundamental queda en un segundo plano y es lo más probable que la inmensa mayoría lo descartemos. Así, quien entonces elija el camino de lo fundamental será un bicho raro, y por ello será ese un camino que deberá recorrer en solitario, jalonado por el desprecio de los que eligieron el otro camino. Y ese desprecio continuará hasta que algunos, no la mayoría, se den cuenta de que el que realmente eligió su camino fue el bicho raro, y que ellos, más que elegir, fueron elegidos por el camino, o seducidos por él. Podría ser.

La segunda implicación de la dicotomía entre estar contento o ser feliz, que se me presentó cuando escuché la pregunta de la alumna en la cafetería, es que estar contento hace referencia a un estado y ser feliz a algo más profundo como es ser algo. Y que por ello no sería casual el verbo que acompaña a los adjetivos contento y feliz. Se está o no se está contento. La condición de contento es, así, un estado. Y los estados son temporales, inestables. Ahora estamos contentos pero más tarde podemos no estarlo. Respecto a la felicidad, el hecho de utilizar sobre todo el verbo ser, en lugar del verbo estar, para definir en qué medida la hemos alcanzado, significa que entendemos la felicidad como algo más profundo que un estado, y más estable. No soy de una manera ahora y más tarde de otra, aunque pueda cambiar mi comportamiento de un día a otro. Lo que yo soy hace referencia a algo interno, que permanece estable de una situación a otra. Y aunque no soy otra cosa que el conjunto de mis acciones, es decir, de mis decisiones, ese conjunto de acciones y decisiones tiene una tendencia personal, marcada, que precisamente por eso define quien soy yo.

Y creo que aquí se conectan todas las implicaciones que de la dicotomía entre el estar contento y el ser feliz vinieron a mi mente en la cafetería. Estoy contento cuando sucede algo que me gusta, pero cuya ocurrencia es independiente de mí: como cuando mi equipo de futbol gana. Soy feliz cuando sucede algo que me gusta y en cuya ocurrencia he tenido parte activa: como cuando mi equipo de futbol gana conmigo como jugador.

Así, podría ser que estar contento tuviera más que ver con circunstancias fortuitas, bastante ajenas a nosotros, y más inestables. En cambio, ser feliz podría tener más que ver con cómo uno es, lo cual sería resultado de lo que uno hace, de lo que uno elige hacer, y con las cosas que van sucediendo en la vida de uno como consecuencia de todo ello. Y sobre todo con las personas que nos vamos encontrando por ese camino que vamos eligiendo.

Podría ser.

Jose Fernández

PUBLICIDAD:

El autoconocimiento es la piedra fundamental, y primer componente, de la Inteligencia Emocional. Realizamos cursos y talleres de Inteligencia Emocional en nuestros centros de psicología en Igualada: Institut Pehuén (www.institutphuen.com) y Manresa. Institut Pehuén, Psicología y psicólogos también en Manresa y Bages.

Estar contento y ser feliz

El lunes pasado trasladamos el aula a la cafetería. Teníamos clase del curso de Inteligencia Emocional, y por diversas circunstancias acabamos por no movernos del lugar en el que suelen quedar los alumnos para hacer un café antes de dirigirse al Institut Pehuén.

La primera de esas circunstancias fue que una alumna le envió al grupo de watsapp un video sobre un adolescente que se había suicidado, comentándome que le gustaría hablar sobre el tema. Como no todos lo querían hacer, quedamos en que los interesados lo hablaríamos tomándonos un café, fuera del aula. El video en cuestión muestra a un chico de 15 años explicando los motivos por los cuales se va a suicidar a continuación. Básicamente dice que ha sido muy feliz en esta vida, pero que quiere reencarnarse en otra persona para vivir otra vida todavía mejor. Lo que más me sorprende es la naturalidad con la que lo explica, como si suicidarse fuera una decisión más de las que uno debe tomar a lo largo del día. Está acompañado mientras da estas explicaciones, lo cual aún le da más naturalidad al asunto. Hablamos en la cafetería de muchas cosas en relación a este acontecimiento, pero una de las más importantes fue sobre la libertad, o no, que tenemos para disponer de nuestra vida como queramos, incluso para acabar con ella si así lo deseamos. Para decirlo brevemente, yo pienso que somos libres de vivir como queramos, pero no de morir como queramos. Hay quien dice que el que no le tiene miedo a la vida, tampoco se lo tendrá a la muerte, relacionando la manera cómo se vive con la manera cómo se muere. También se dice que el miedo a vivir es un suicidio cotidiano, queriendo decir que la verdadera muerte consiste en no vivir con plenitud, o al menos intentándolo hacer.

No quiero liar la troca, simplemente hacer constar lo inexorablemente unidas que están la vida y la muerte, y lo difícil que es entender la una sin tener en consideración a la otra, y viceversa. En el caso del video, creo que lo más punzante, lo más espeluznante, es el poco respeto que el adolescente le tenía a esta vida. Por los motivos que fueran nadie le había enseñado a amar la vida, o más bien dicho, a amar esta vida, ya que lo que más le motivaba a acabar con ella era el deseo de la reencarnación en otra mejor. Es posible que alguien sí le enseñara a amar otra hipotética vida. Es hasta muy probable. Pero por ningún rincón del video aparece rastro de amor hacía esta vida por parte del adolescente. Es como si esta vida no fuera más que un entretenimiento mientras llega la que vale la pena. Desde ese punto de vista, acabar con ella sería un acto que hasta podría ser considerado loable. Considerar la vida como un simple trámite es lo que hacen también en los templos religiosos, ¿no? aunque sí que es un detalle que en ellos nos alerten de que no hay atajos para llegar a la auténtica vida, y que suicidarse es hacer trampas, y que al tramposo no se le recompensará con ella. Esto es a lo más lejos que llega el catolicismo en lo que concierne a transmitirnos amor por esta vida.

A mí, a pesar de que el adolescente pide que divulguemos el video, pues parece querer transmitir que está ante un momento solemne que así lo demanda, paradójicamente me cuesta pensar en un acto de menor trascendencia. Estoy satisfecho con mi coche, pero me apetece uno mejor. Cámbiese en la frase anterior el nombre por cualquier otro: ordenador, vivienda, trabajo, ropa, etc. y estaremos ante un hecho muy cotidiano. Y ya puestos, ¿por qué detenernos hay?, ¿Por qué no buscar la satisfacción plena y pedir más? Si cambiamos el nombre para dejar la frase como sigue: Estoy satisfecho con mi pareja, pero me apetece una mejor, nos encontraremos también con una realidad muy habitual. Pero aún podemos ir un paso más allá, como hace el adolescente. Así, su frase: Estoy satisfecho con mi vida, pero me apetece una mejor, impacta pero no refleja para mi más que un acto de frivolidad consumista, llevada, eso sí, hasta el límite máximo.

Y todo porque al chico no le enseñaron a amar esta vida con toda su alma. Todo porque no le enseñaron a amar y a respetar lo que tenía, pues la vida es lo único que realmente tenemos y es nuestro de verdad, aunque sólo durante un tiempo. Le enseñaron, por el contrario, a amar y desear lo que no posee. Esa es en realidad la esencia del consumismo, por mucho que éste se pueda disfrazar, como intuyo que fue el caso, con inciensos y aromas espirituales: amarás aquello que no poseas, (y así alguien te lo podrá vender). A veces me pregunto si esa es la esencia, también, del ser humano.

Y todo porque el chico no se encontró con gente como el dibujante al que ayer entrevistaron en la sección Factoría Sensible, del programa que dirige Kílian Sebrià, y que creara el fallecido Joan Barril, otro amante de la vida, dicen. Este dibujante, que fue fundador de la revista El Jueves dijo: Cada mañana cuando me despierto, y por lo tanto constato que sigo vivo, pienso: Uff!! Qué bien. Lo demás es secundario.

Jose Fernández

p.d: Sé que el título del artículo no tiene nada que ver con lo que he hablado. Ello responde a qué quería hablar sobretodo del tema al que hace referencia el título, tras una breve mención del tema que ha acabado alargándose y monopolizando el escrito. Dejo el título original por pereza, por un lado, y como recordatorio de lo que quería hablar en realidad para la próxima vez que lo haga, por el otro.

PUBLICIDAD:

El autoconocimiento es la piedra fundamental, y primer componente, de la Inteligencia Emocional. Realizamos cursos y talleres de Inteligencia Emocional en nuestros centros de psicología en Igualada: Institut Pehuén (www.institutphuen.com) y Manresa: Centre de Psicologia Carme Bosch (www.carmebosch.net) Institut Pehuén también cuenta con servicio de psicología en Manresa y la comarca del Bages.

Lujo y elegancia

Todo problema mental o dificultad psicológica se puede entender como un ataque a la libertad de la persona, como un obstáculo que amenaza su posibilidad de convertirse en aquello que puede llegar a ser. (M. Villegas)

Leyendo un artículo de Joan Ollé publicado en el periódico en el verano de 2008, y cuyo ejemplar quedó en un arcón de nuestra caravana, allá en Ribera de Cardós, junto a otros objetos como la escoba para limpiar el avancé, la maza para fijar sus piquetas en el suelo y el carbón que sobró en antiguas barbacoas compartidas con amigos (quien sabe si antiguos ya también) me deleito con la distinción que hace el autor, al que admiro profundamente desde que lo descubrí en las encíclicas radiofónicas del Café de la R-Pública, y trato siempre de seguir y leer desde entonces; me deleito, como decía, con la distinción que hace en tal artículo entre lujo y elegancia.
La etimología de la palabra lujo está emparentada con la de la palabra lujuria. Es la desmesura lo común a ambos conceptos. La ostentación que asume que, más y más caro, es mejor.
Por el contrario, sigue Joan Ollé, la palabra elegancia está emparentada etimológicamente con legere(leer) y eligere(elegir). Todo lo que yo pueda decir ahora, ante la fuerza con la que la etimología nos sugiere y nos sugestiona, está de más. Pero como llevado por el prejuicio considero que este artículo aún es corto, voy a seguir un poco más, aún a riesgo de estropearlo.
Por tanto, la elegancia tiene que ver con legere, o con la cultura (la etimología de la palabra cultura, a la que también he accedido por Ollé, se merece un artículo ella sola), y ambas, la elegancia y la cultura, tienen que ver con eligere, es decir con la libertad. Así, la etimología, ese lugar en el que la sabiduría de los siglos se ha sedimentado de la forma más democrática y participada jamás conseguida*, nos dice que no hay libertad sin cultura. Fernando Savater expresa lo mismo cuando dice que no hay elección auténtica cuando no hay información verídica y relevante que la permita.
Y ahora quiero pedir al lector que vuelva a reparar en el párrafo de introducción de este artículo, en el que cito a otro erudito latinista al que tuve la suerte de encontrarme en mi primera clase de mi primer día en la universidad, cuando aún un poco asustado, o quizás más que un poco, entré en su aula tarde y sin saber muy bien si me equivocaba de clase. No lo hice, y 25 años después recuerdo aquella lección, de la cual me perdí un trozo, como la más importante de todo mi periplo universitario, quizás la que le dio sentido a todo lo que vino después.
Así, podría muy bien ser que la elegancia máxima no tuviera que ver únicamente con la ropa que te pones o te dejas de poner, con los sitios a los que decides ir o no ir, con la forma de decorar tu casa, si la tienes. Pudiera ser que estuviera también en la facultad de elegir a cada momento qué haces con la hora que tienes por delante, con el día que se erige ante ti ofreciéndote múltiples caminos. Estaría la elegancia en la lucha por mantener a la vista y desbrozados esa multiplicidad de caminos a elegir, sin quedar obcecado sólo en uno o un par de ellos. La elegancia estaría, entonces, en la elección del foco al que le vas a dedicar tu atención, y en la elección del foco del que la vas a retirar, sobretodo del primero, porque pocas veces está en nuestra mano elegir a qué NO le vamos a dedicar nuestra atención.

*pues no hay nadie, ni siquiera los mudos, que no puedan utilizar la lengua hablada, participando del, y creando, el sentido que se le da a cada palabra

Nadie salva a nadie, pero nadie se salva solo

Nadie salva a nadie…

El pasado viernes, Consuelo Casula, en su preciosa ponencia sobre Resiliencia, Mindfulness y Hipnosis, con la que nos regaló el oído en la jornada de Actualización en Hipnosis Clínica que organizó el Colegio Oficial de Psicólogos de Cataluña, lo dejó claro. Nadie salva a nadie, pero hay mucha gente que busca que la salven. Y nos explicó Consuelo cómo una cliente suya, divorciada en condiciones difíciles, después de haber sufrido maltrato psicológico por parte de su marido,  y en pleno duelo por esa circunstancia, contactó mediante Facebook con un amigo de la escuela primaria. Éste había sido medio novio suyo, y despertó el contacto emociones dormidas en ambos. Tan intensas fueron esas emociones, que la cliente de Consuelo dejó el norte de Italia para ir al encuentro de su amigo del colegio en el sur. En la visita con ella previa a su partida, le decía que en el sur estaba la persona que por fin la sabría comprender, y la ayudaría a salir de la situación donde estaba. Consuelo en esos momentos intuyó que la aventura iría mal, pero no quiso decirle nada porque cada uno debe vivir su propia vida, porque la propia Consuelo podía equivocarse y porque los terapeutas no estamos para salvar a nadie.

 

Efectivamente, unos meses después la cliente de Consuelo volvió aún peor de lo que había partido. El antiguo amigo era un rufián que no hizo más que ignorarla o vejarla, tras los primeros días de idilio aparente. Entonces Consuelo no dijo aquello tan odiado por todos los hijos cuando se lo dicen sus padres: “ya te lo dije” Y no se lo dijo, en primer lugar, porque en realidad Consuelo nunca se lo había dicho. Pero lo que ahora sí le podía decir, pues la cliente estaba madura para el mensaje, es que, si tras algunos traspiés en la vida, buscas la solución en alguien que te ayude y te comprenda, probablemente volverás a tropezar. En cambio, si eres capaz de decirte, “Voy al sur a respirar nuevos aires, y a no permitir que nadie me vuelva a hacer lo que ya me han hecho varías veces” entonces, si eres capaz de decirte, y decir a los demás eso, entonces sí que hay una probabilidad seria de que salgas airosa del trance, y obtengas la ayuda que buscas. Y el motivo principal es que no buscas esa ayuda en otra parte, en otra persona, sino que en realidad estás centrando la atención en lo que TÚ debes hacer para que eso ocurra, en vez de centrarla en lo que tiene que hacer otra persona, a la que se le atribuye el papel de salvador.

Pero nadie se salva solo

 Cuando eres capaz de decirte, y decir a los demás: “voy al sur a cambiar de aires, y a no permitir que nadie me vuelva a hacer lo que ya me han hecho varias veces” entonces encuentras a la persona con la que te salvas, que es esa a la que no le permites que te haga lo que te han hecho otras previamente.  Y encuentras a esa persona no porque hayas ido al sur, pues yendo al norte, o al oeste, o al este, o más sencillo aún, quedándote donde ya estabas, la hubieras encontrado igual.  La encuentras simplemente porque has aprendido a actuar de otra manera, y porque empiezas a tener una idea clara de que es actuando de otra manera como la encontrarás. Y es en ese encuentro, en el que aprendes a hacer las cosas de otra manera, donde  te salvas.

 

Algo así le dijo Consuelo a su cliente cuando ésta volvió del sur. Y continuó diciéndole que es precisamente cuando topamos con el otro, y no antes, que la oportunidad para cambiar se presenta, aunque es a nosotros a quienes toca decidir si aprovechamos la oportunidad o no. Pero en cualquier caso, la oportunidad, y por tanto la posibilidad de salvación, sólo se presenta ante el otro, y en consecuencia éste es el sentido en que ella dijo que nadie se salva solo. Y porque, además, cuando no dejas que alguien te trate mal, le estás haciendo un favor a esa persona, ayudándola a ser más humana, y por consiguiente a salvarse contigo.

Y así Consuelo acabó su ponencia. Entre muchas más historias de resiliencia, mindfulness e hipnosis, nos mostró el precipicio en el que con tanta facilidad se desploma tanto quien quiere que lo salven como el que quiere salvarse solo. No despeñarse por el precipicio, o sea, la auténtica salvación, requiere la capacidad de aprender que ninguna de esas opciones es realmente viable.

La libertad no hace a los hombres felices, pero los hace hombres (M. Azaña)

Estos días he pensado en Manuel Azaña, presidente de la 2ª, y también fracasada, al igual que la primera, republica española. Y creo que ha venido a mi mente su memoria por dos acontecimientos. El primero la relectura del magnífico libro de George Orwell, Homenaje a Cataluña, que se sitúa a finales de 1936 y primera mitad de 1937, momento en  que el idealista y joven Orwell vino a Barcelona a luchar en la guerra civil contra el fascismo, que en esos años avanzaba implacable a lo largo de toda Europa. Orwell hace un retrato preciso y precioso de lo que era España, Cataluña y Barcelona esos días, y junto a mi mujer decidimos regalar ese retrato a mi sobrino, que con 21 años venía a  Europa por primera vez desde el otro lado del charco, para que se hiciera una idea de la historia de lo que hay por aquí. Pero una vez que le compramos el libro, no pude evitar volvérmelo a leer, después de que lo hiciera por primera vez hace unos años. Es impresionante para mí cuando Orwell dice que en España el fascismo, a diferencia del de otros países europeos de la época, lo que se proponía restaurar derrocando a la república era la sociedad feudal previa. Esa sociedad de los grandes de España, los terratenientes y los señoritos. El reputado historiador Josep Fontana dice algo parecido de las fuerzas reaccionarias que derrocaron a la primera república, setenta años antes de que lo lograran de nuevo con la segunda. Sólo teniendo en cuenta este contexto soy capaz de entender, aunque no mucho, la verdad,  lo que pasa en la España actual, donde a diferencia de lo que ocurre en otros países industrializados en los que son los banqueros y grandes industriales los que cortan el bacalao, vemos que  son personas como Esperanza Aguirre, aristócrata a la que no se le conoce actividad económica de provecho alguno,  las que tienen el poder, que ejercen con la única finalidad de permanecer en él, hasta el punto de que ella y sus amigos están a punto de derrocar a un gobierno entero. Aunque en Cataluña la realidad sea diferente, pues aquí sí que hubo salto del feudalismo a la sociedad industrial, el hecho de depender políticamente de España hace que se la pueda aplicar el mismo cuento.

El segundo hecho que me ha hecho pensar en M. Azaña y en la frase con la que encabezo este escrito es mi participación en el congreso anual de ICSA (www.icsahome.com) titulado “Manipulación, Abuso y maltrato en grupos”, que tuvo lugar en la joya del adriático, que es como llaman los italianos a la ciudad de Trieste, los primeros días de este mes de julio. Participé con una ponencia sobre Hipnosis y Manipulación Psicológica. Pero lo que me impactó y me lleno de esperanza fue el conocer a lo largo de esos  días a muchas personas que ejercen la libertad, luchan por ella, y se enfrentan como hizo David con Goliat a poderes muy superiores al suyo, con la única arma de la verdad. Así, en la misma mesa redonda en la que yo expuse mi ponencia, Angel Garden (http://www.localschoolsnetwork.org.uk/2011/08/some-very-good-reasons-why-steiner-schools-shouldnt-have-state-funding/) y su esposo explicaron como su hija sufrió continuadamente bullying de otros alumnos, sin que los responsables de una prestigiosa escuela, perteneciente a una organización elitista y con muchos lazos con el poder, se inmutaran. Aportan pruebas también de que lo que pasó con su hija es práctica habitual en las escuelas de la organización. El matrimonio ha recorrido medio mundo para denunciar el caso, después de que en su país, Nueva Zelanda, no les hayan hecho mucho caso los que tienen el poder, pero están consiguiendo que su historia la escuche mucha gente, y lo que es más importante, irse a dormir cada noche con la conciencia tranquila. También conocí en Trieste a Jill Mytton, londinense que ha denunciado como bajo la fachada de organizaciones no gubernamentales sin ánimo de lucro, algunas organizaciones, charities, como las llaman en el Reino Unido, están amasando una gran fortuna y un gran poder, que utilizan abusivamente contra muchos de sus propios miembros de base, que con la mejor intención se unen a la organización para sumarse a una buena causa, y acaban siendo dañados y abusados psicológicamente. He asistido al relato de Jill de cómo esa Charity está intentando hundirla, y he visto en sus ojos cómo están fracasando estrepitosamente en su empeño. Y podría explicar más ejemplos de personas que conocí esos días, y que se encuentran en situaciones parecidas a las de Angel y Jill. Personas que en el congreso de una organización como ICSA, cuyo brazo ejecutivo componen Michael Langone y Mike Kropveld, haciéndolo posible, tienen su espacio para alzar su voz y que las escuchen los demás. Pues los congresos de ICSA tienen la particularidad de unir durante unos días bajo un mismo techo, a profesionales de la salud, ex miembros de sectas (o grupos de altas demandas, como muchos preferimos denominarlos), personas víctimas de relaciones abusivas en otros contextos,  miembros activos de grupos de altas demandas, siendo todos bienvenidos, y teniendo todos voz en un mismo foro, donde, por definición, la visión de la realidad como blanca o negra está descartada.

Para mí, con cientos y cientos de años en mis venas de una cultura feudal en la que el vasallo no tiene ni voz ni voto, pues mi familia proviene de ese sitio de España donde el feudalismo fue, y me temo que es, más crudo: Andalucía; para mí, como decía, estar en ese ambiente durante unos días me resultó altamente estimulante y esperanzador, y me enseñó que nada cambiará si no lo cambio yo. Quizás a la tercera sea la vencida.

La meditación y estar conectado con uno mismo

Cada día nos enteramos de nuevas noticias que nos escandalizan. Me refiero a asuntos de la actualidad política y económica que tienen que ver con casos de corrupción. El estado de ánimo general cada vez es más resignado, y corremos el riesgo de caer en la desesperanza: ese sitio en el cual empezamos a dudar de que tenga sentido luchar e intentar cambiar alguna cosa, pues empezamos a perder la esperanza de que las cosas puedan cambiar, y de que nosotros podamos contribuir a que cambien. Entonces nos sentimos desconectados de esa realidad que nos vemos impotentes para cambiar, y precisamente porque nos sentimos impotentes para cambiarla, nos sentimos desconectados de ella, hasta llegar a un punto en que somos nosotros los que nos desenchufamos. Caer en la desesperanza tiene consecuencias para nuestro sistema nervioso, pues  empezamos a segregar hormonas antiinflamatorias en exceso que nos llevan a una situación de mantener a nuestro organismo en estado de alarma, dañándolo.

Pero antes de llegar  a esa situación de daño corporal, la mente ya ha puesto en marcha otros mecanismos de defensa para luchar contra la falta de sentido. Porque es la falta de sentido lo que a la mente le chirría y le hace daño. Pongo un ejemplo. Si a una persona le enseñaron que la responsabilidad en el trabajo y hacer bien las cosas es la manera adecuada de actuar, y la que le permitirá adaptarse mejor a su puesto, estar satisfecho y que los compañeros y superiores lo estén con él, como digo, si a una persona le enseñaron eso, pero después ve en su trabajo que al peor trabajador, pero que sabe hacer la “pelota”, le va mucho mejor, entonces las cosas dejarán de tener sentido para él en el trabajo. Y es en esa situación cuando la mente, para defenderse, puede reaccionar de diversas maneras, más o menos saludables. Una típica, que puede ser saludable a corto, pero probablemente no a largo plazo, ya que no se puede estar siempre a la defensiva, es mirar hacia otro sitio. De hecho, el mirar hacia otra parte es una de las especialidades de la mente, para la cual está especialmente dotada. Tan dotada está que con poquita práctica  le resulta muy sencillo no ver algo que está delante sin ni siquiera tener que apartar la mirada. Y eso es así porque más que con los ojos de la cara, vemos con los ojos de la mente, es decir, que vemos lo que queremos ver, y lo que no queremos ver, pues no lo vemos. A este fenómeno  técnicamente se le llama disociación, y es la base de muchas situaciones que nos encontramos cada día, desde el “mi hijo es muy inteligente, aunque le hayan quedado todas las asignaturas” hasta el “¿por qué?, ¿por qué?“ de Mourinho. Pero también la disociación, cuando no se usa como mecanismo de defensa, es la que le permite  al lector desconectarse de su ambiente inmediato para zambullirse con los cinco sentidos en un buen libro, o la que le permite al pionero de cualquier campo dejar de ver lo que son las cosas y ver lo que pueden llegar a ser, actuando como si ya fueran así,  y arrastrando a los demás que le siguen en su visión.

Así, la disociación no es en sí ni buena ni mala, sino que depende del uso que se haga de ella el que sea de una manera u otra. Lo que sí quiero resaltar es que tenemos una gran capacidad para disociarnos. Tanta es nuestra capacidad, que podemos vivir gran parte de nuestra vida disociados, y no sólo respecto del exterior, sino también, y eso es aún peor, de nosotros mismos. Porque lo peor de usar la disociación, cuando la usamos como arma de defensa para dejar de ver todo lo feo que ocurre en el exterior, es que pagamos el precio de dejarnos de ver también a nosotros mismos. Y así, a la vez que nos desconectamos del exterior, nos desconectamos de nosotros también. Y es entonces cuando, paradójicamente, somos más vulnerables. Y digo paradójicamente porque es una paradoja que sea precisamente la estrategia de defensa utilizada la que nos haga más débiles.

Hay muchas maneras de conectar, o reconectar, con uno mismo. Una forma fantástica nos la ofrece la meditación.

Y es que, ante los tiempos que corren, en los que la desesperanza nos puede hacer su presa, conviene estar muy en contacto con uno mismo, y no desconectarse de lo que es importante.