El proper cap de setmana PEHUÉN a la 1ª edició de la Fira Arrels d’Òdena

La Rosa Castells i el Jose Fernández impartiran tallers gratuïts adreçats a nens i adults amb la Intel·ligència Emocional com a focus

Diumenge, 9 de juny serem a Òdena per parlar d’Intel·ligència Emocional.

Pehuén, Psicòlegs a Igualada, Cervera, Manresa i Barcelona

LA EDUCACIÓN DE NUESTROS HIJOS: NUESTRA MEJOR CARTA DE PRESENTACIÓN

Un proveedor me invitó a comer recientemente. Estábamos a punto de cerrar el que debía ser un buen acuerdo comercial.   No es ningún secreto que alrededor de una mesa se cierran muchas transacciones. Lo particular de este caso fue que la invitación era para ir a su casa, donde comeríamos con toda su familia. Quería hacer mi proveedor de esta manera mucho más personal la reunión, supuse. Cuando llegué a su casa vi que, además, quería impresionarme, pues esta estaba situada en la parte alta de Pedralbes, la que se encuentra por encima de la Ronda de Dalt. Desde el acceso al interior de la propiedad, que realicé a través de dos inmensas rejas metálicas que se abrieron de forma automática para conducirme por un paseo de gravilla flanqueado de altas palmeras, el lujo invadió mis sentidos. Al entrar en la mansión, y tras estacionar el coche en la zona habilitada para ello al lado de un Jaguar y un Mercedes, la sensación de poderío económico de los que allí vivían se intensificó.

Me recibió una sirvienta, que me invitó a sentarme en un sofá mientras llegaba el señor de la casa, me dijo. En los 5 minutos que estuve esperando, y una vez me relajé tras la incomodidad inicial que las muestras de ostentación me suelen producir, me vino a la cabeza la última vez que un proveedor me había invitado a su casa. Hacía ya casi dos años, y en aquella ocasión él mismo había cocinado para mi una rica paella de marisco. En la mesa, la esposa y los hijos, ya adolescentes, habían participado de una conversación distendida y amable, que se desarrolló entorno al negocio de los accesorios eléctricos del hogar, al que tanto mi proveedor como yo nos dedicábamos. Los hijos habían mostrado interés por el negocio del padre, y se habían implicado en todo momento, igual que la esposa, en poner la mesa y preparar el aperitivo, además de estar atentos a cualquier cosa que yo pudiera desear, como lo qué me apetecía beber mientras la paella acababa de hacerse.

Una hora más tarde hube de acordarme de nuevo de aquella cena del pasado, y el contraste con la actual hizo que la valorara de una forma que rayaba con la añoranza. En esta ocasión, los hijos, de nuevo dos varones adolescentes, apenas levantaron la vista de las pantallas de sus móviles durante toda la cena. Ante tímidas protestas por parte de sus padres, respondieron con semigruñidos ininteligibles, que en cualquier caso no consiguieron variar su conducta.  Pero lo más desagradable se produjo a la hora del café. Cuando por el motivo que fuera la sirvienta no estaba presente, y el padre le dijo al mayor de los hijos que hiciera el favor de ir a por el azúcar al armario, esté le respondió con un malhumorado “ves tú a buscarlo”, como si el padre le hubiera dirigido una ofensa. El que sí que se mostró ofendido fue el padre, aunque su respuesta pareciera más una súplica cuando le insistió al hijo para que fuera a por el azúcar. El hijo echo entonces mano de su ingenio y elevando considerablemente el volumen de su voz, por si no se le había entendido antes, se sacó la siguiente frase de la manga: “Tú tienes dos piernas igual que yo, deja ya de rallarme”. Por unos instantes no supe adonde mirar, y como siempre que ocurre eso uno acaba haciéndolo al último lugar que desearía, mis ojos se encontraron con los de la madre, que me dirigió una sonrisa estúpida que no supe como interpretar. Sigo sin saberlo. Con el que podía estar tranquilo que no se tropezarían mis ojos era con el hijo pequeño, pues más que en aquel comedor parecía estar en Marte, de absorto como estaba en la pantallita de su teléfono. Finalmente, la madre decidió levantarse e ir ella misma a por el azúcar. Cuando lo puso encima de la mesa la sonrisa sin alegría seguía pintando su rostro.

Si mi proveedor quería impresionarme al llevarme a su casa, sin duda alguna lo consiguió. Debo decir que la decoración de la casa era exquisita y además de imponente denotaba un muy buen gusto. Y a pesar de ello, aquellos dos zánganos que llevaban los apellidos de sus padres desentonaban terriblemente con el conjunto.

A diferencia de lo que me había ocurrido en la cena en casa de mi otro proveedor dos años atrás, gente sin ninguna pretensión, me fui de aquella casa con muy mal sabor de boca al constatar cómo padres tan refinados pueden tener unos hijos tan maleducados.  Eso me ha hecho reflexionar sobre cómo nuestra mejor carta de presentación es haber contribuido a formar un hijo bien educado

 

Jose Fernández

Psicólogo en PEHUÉN, Psicología y Formación

Psicólogos en Igualada, Manresa, Cervera y Barcelona (Barrio de la Sagrada Familia)

Cuando nuestro juicio falla más que una escopeta de feria

Diversas veces hemos experimentado la sensación de seguridad a la hora de emitir un juicio o de decidir sobre algun asunto. Es una bendición no estar sacudido por las dudas y tener las cosas claras. ¡Qué fácil es entonces la decisión! Dudar con frecuencia está mal visto, como si fuera una cualidad de las almas inferiores, en tanto que la persona que muestra seguridad es percibida por los demás con un halo de superioridad. No obstante, si hay algo claro es que las cosas nunca son como parecen, y ni es tan malo tener dudas ni tan bueno tener las cosas claras. La intuición, que es el arma secreta de las personas seguras, está sobrevalorada. A ella aluden los que pisan fuerte cuando deben rendir cuentas de sus decisiones, de esas decisiones que frecuentemente afectan a otras personas. Curiosamente, esas otras personas afectadas se dan por satisfechas cuando el que decidió argumenta que lo hizo en base a su intuición. Por eso digo que la intuición está sobrevalorada. Bueno, no soy yo quien lo dice, simplemente me hago eco de Daniel Kahneman, primer psicólogo premio nobel, concretamente de economía, por sus investigaciones sobre cómo en escenarios de incertidumbre las personas toman decisiones.

Kahneman suscribiría con seguridad, ya empezamos, la afirmación de Bertrand Russell de que este mundo funcionaría mejor si los inteligentes dudaran menos y los estúpidos dudaran más. Aunque visto con un poco más de espíritu crítico, Kahnemnan no simplifica tanto como para diferenciar entre inteligentes y estúpidos. Para él todos somo inteligentes y estúpidos a la vez, y dependiendo del contexto se manifiesta más una característica que la otra. Por ejemplo, en escenarios muy sencillos y con pocos datos, como cuando acabamos de conocer a una persona y sólo tenemos de ella la impresión dejada por una frase que ha dicho, por el color de su camisa y por el olor de su perfume, tenemos la impresión de conocerla muy bien. Cuántas veces hemos escuchado a alguien decir “guipo a una persona con tan solo verla”. Por el contrario, no nos es extraña la sensación de compartir la vida con alguien, y a pesar de ello no saber quién es. Sin embargo, la intuición nos lleva a tener la seguridad de conocer a alguien con tan sólo verlo. Kahnenam concluye que la intuición es en muchas ocasiones pensamiento estereotipado, que en base a muy pocos datos construye una imagen completa y nítida de alguien, o de algo.

Pero atención!! El pensamiento estereotipado no se cura por el mero hecho de enriquecer el escenario de la decisión, es decir, de introducir más datos.  Linda es uno de los personajes más famosos de la psicología, sobre la cual hay que hacer un juicio después de leer la siguiente descripción

“Linda tiene 31 años, es soltera, sincera y muy brillante. Se especializó en filosofía. De estudiante le interesaban mucho los asuntos de discriminación y justicia social, y también participó en manifestaciones antinucleares”

Después hay que decidir cuál de estas dos opciones es más probable:

  1. Linda es cajera de un banco
  2. Linda es cajera de un banco y activista del movimiento feminista

A pesar de que la opción más probable es la 1, la mayoría de las personas escogen la 2. La opción 1 es la más probable por una cuestión lógica, ya que todas las cajeras de banco feministas son cajeras de banco, pero no todas las cajeras de banco son feministas. La mecánica de la tarea es la misma que opera en la pregunta ¿dónde hay más madrileños, en España o en Madrid? Y sin embargo, en el caso de Linda, la mayoría de las personas eligen la opción 2. Eso ocurre porque la opción 2 es más plausible, encaja más en el estereotipo de persona que nos hemos formado de Linda después de leer su descripción. La opción 2 Es más coherente, más rica, que la primera, y a pesar de ello, más falsa. Y es que, citando a Kahneman, “las historias más coherentes no son necesariamente las más probables, pero son plausibles, y el incauto confunde fácilmente las nociones de coherencia, plausibilidad y probabilidad”

Esto es algo que saben muy bien los guionistas de cine y buenos escritores de ficción, que al dar descripciones detalladas de sus personajes los hacen más plausibles.

El ejemplo que acabo de dar no se agota aquí, y podemos ver que cuando se trata de la cuestión de dónde hay más madrileños, no nos llevamos a engaño. Ello es así porque en este caso debemos juzgar sobre números, sobre cantidades de población y sobre nadie en particular, y en ese escenario es más fácil utilizar la lógica, es decir, ser inteligentes.  Pero cuando debemos juzgar sobre una persona en particular, como es el caso de Linda, entonces nos volvemos estúpidos y nuestro juicio falla más que una escopeta de feria. Pero a diferencia de lo que ocurre en la feria, estamos seguros de haber acertado. Los problemas interpersonales están servidos.

 

Jose Fernández

Psicólogo en PEHUÉN Psicología y Formación

Psicólogos en Igualada, Manresa, Cervera y Barcelona (Barrio de la Sagrada Familia)

“No conozco a ningún divorciado feliz”

(Texto basado en una primera entrevista clínica, con nombres y circunstancias cambiados)

−La gente no se divorcia. No conozco a ningún divorciado feliz− me dice Agnes entre sollozos, apenas capaz de levantar la mirada del suelo, de ese suelo en el que su alma parece haberse quedado adherida, desplomada desde que su marido le dijo que no quería seguir viviendo con ella.

Tengo que morderme la lengua para no decir que yo tampoco conozco a ningún casado feliz. Pero eso no es pertinente. Y es más, probablemente ni siquiera es cierto. Como divorciado desde hace casi tres años, imagino que algo dentro de mí se revela ante la afirmación de Agnes, y me lleva a creer durante unos instantes que tampoco los casados son felices. Quizás algún reflejo me impulsa a querer creerlo así.

−Abandoné todo para ir tras Luis− sigue Agnes, sentada en la silla de felpa azul de mi despacho−mi puesto de trabajo fijo y bien remunerado como trabajadora social del Instituto Nacional de Salud de Francia, mi familia, mis amigos, mi país, mi vida.

Hace apenas 15 minutos que ha entrado a mi despacho, después que hace un par de semanas pidiera cita para una visita de psicología. Habla muy mal el español y me cuesta entenderla, así que debo adivinar lo que me quiere decir en más de una ocasión.

−Debo hacerle comprender que no va a estar con nadie mejor que conmigo, que me necesita−y entonces sus ojos brillan, aunque sin alegría, y su espalda encorvada se endereza un poco, aunque sin convicción. Me mira como el condenado que está en la sala de ejecuciones y de repente descubre un motivo que convencerá al verdugo del gran error e injusticia que está a punto de cometer. Y esta analogía no me parece ninguna exageración, pues desde que Luis dijo a Agnès que quería el divorcio, ella ya no lo ve sino como a un verdugo dispuesto a acabar con su vida. Ella, que se lo dio todo a Luis desde el primer momento, aceptaría de buen grado darle ahora también la vida, si no estuviera convencida como lo está de que con su sacrificio se desvanecerá la oportunidad de ser feliz de Luís y del hijo de ambos, Pierre, que ya tiene tres añitos. De hecho, es la infelicidad de su marido y de su hijo tras su muerte, lo que la convence de que tal suceso sería un sacrificio inútil.

Yo, que había apartado la mirada de sus ojos durante unos momentos para tomar unas notas, la miro de nuevo y le respondo.

−¿y qué te hace pensar que le vas a hacer comprender?

−Sé que reaccionará, que si insisto se dará cuenta de lo que me quiere, y de que volveremos a estar bien−contesta

−¿Y ese gran esfuerzo que vas a realizar para que él comprenda te dejará algún espacio para que puedas comprender tú?−le corto, antes de que siga por un camino que creo saber muy bien cuál es. Ella levanta las cejas y arruga la frente mostrándome que mi comentario le ha cogido a contrapié.

−Para mí todo está claro desde el día que lo abandoné todo por él−me doy cuenta de que sus cejas alzadas y frente arrugada quieren expresar que soy yo el que no comprende, y añade−para él también todo estaba claro hasta ahora que se ha confundido. Somos uno y he puesto una fe ciega en él para que me guie. Ni siquiera he necesitado aprender catalán o castellano en los diez años que llevo aquí.

Me doy cuenta de que a esta terapia le pueden ocurrir dos cosas: o que sea muy larga o que acabe hoy cuando Agnes vea que yo no le doy lo que ha venido a buscar.

 

Jose Fernández

Psicólogo en Igualada, Manresa y Barcelona (Barrio de la Sagrada familia)