Parlem de sexe a casa: conferència

Parlem de sexe a casa

El proper dimarts, 11 de febrer a la biblioteca Central d’Igualada tindrà lloc la conferència titulada: Parlem de sexe a casa.  Plantejar-nos com volem fer una bona educació sexual amb la nostra canalla és molt important. Aquesta xerrada pretén donar eines per a ajudar a les famílies a que la sexualitat no sigui un tema tabú a casa i es visqui de manera natural i amb salut.

L’educació sexual i afectiva s’ha d’entendre com una educació per a la vida. Per això és tan important que els adults sapiguem donar resposta a la curiositat, els dubtes i les inquietuds dels infants i adolescents que tenim a casa.

Elena Crespi, psicòloga i assessora en salut sexual, ens fa reflexionar sobre les nostres actituds i habilitats psicològiques i socials a l’hora de gestionar el coneixement de la sexualitat i tractar el tema amb els fills. Aquí hi trobareu informació sobre els aspectes més rellevants de la sexualitat infantil i adolescent i sobre aquelles qüestions ─homosexualitat, embarassos, estereotips de gènere…─ que hem d’aprendre a abordar sense prejudicis, amb naturalitat i, sobretot, amb molt d’afecte.

Elena Crespi és Psicòloga, sexòloga, terapeuta de parella i psicòloga perinatal. Autora dels llibres: Parlem de sexe a casa i Habla con ellos de sexualidad

La conferència l’organitza l’ Associació de Psicòlogues i Psicòlegs de l’Anoia. (APPA)

L’associació de Psicòlogues i Psicòlegs de l’Anoia organitza activitats mensuals per a apropar la psiccologia a la gent. Recentment hem organitzat taules rodones sobre mediació, suïcidi, dependència emocional i a substàncies i moviment conscient en fisioter`pia i els seus efectes en salut mental La intenció és incidir sobre temes d’interès social i que tenen a veure amb la salut mental de les persones. Creiem que queda un llarg camí fins que es normalitzi el fet de rebre i donar ajuda psicològica. Una de les situacions que donen sentit a una associació com l’APPA és que moltes vegades els problemes de salut mental s’aborden des de perspectives equivocades, com són la medicalització o la judicialització de conflictes inherents al viure en una societat complexa. La nostra associació neix amb l’objectiu de reivindicar el paper que a la psicologia li correspon en aquests contexts.

Las relaciones auténticas, respetuosas y libres: “Matar al padre”

Las relaciones familiares son fundamentales para darnos solidez

Se requieren personas autónomas para las relaciones auténticas

Las relaciones familiares son complicadas. Cuando nacemos nuestros padres lo son todo para nosotros. Ellos son los que se encargan del 100% de las decisiones que tienen que ver con nuestro bienestar. Somos dependientes de ellos. Y esa dependencia durará mucho tiempo, aun asumiendo que el proceso se lleve a cabo con total normalidad. De hecho, la especie humana es la que tiene las crías cuya autonomía llega más tarde.   Así, cuando somos niños el reto fundamental es adquirir autonomía, y poder posteriormente encarar la propia vida con algunas garantías. No menos reto constituye para los padres fomentar y facilitar esa autonomía de los hijos, ya que muchas veces tan dependientes son los hijos de los padres como los padres de los hijos. La culminación con éxito de ese periplo supone precisamente encontrar un camino genuinamente propio, y para que ello ocurra el hijo debe matar al padre, si se nos permite esta terminología del psicoanálisis.  Y el padre debe ser capaz de resucitar y volver a entablar una relación con su hijo en el nuevo escenario, que ya no será nunca más jerárquico como lo había sido hasta ese momento.

En este devenir hacia la adquisición de autonomía se producirán muchas crisis y fricciones entre padres e hijos. Estas crisis tienen que ver con los estira y aflojas que son esperables en cualquier proceso de desarrollo. Son etapas de vulnerabilidad donde la frustración estará presente con toda seguridad, pues todo aprendizaje tiene mucho de ensayo y error. También existirán peligros externos, personas u organizaciones que tratarán de sacar partido de estas vulnerabilidades.   Recientemente fui testimonio de la narración de un episodio por parte de Belén que lo ejemplifica.

Carlos, el hijo de Belén, fue captado por una familia que funcionaba como una secta, y que le proporcionó aparentemente un camino menos frustrante que el ineludible para todos hacia la autonomía. Tenía 17 años cuando conoció a una chica, aún estaba en el instituto. Y esa chica lo encandiló. Pero la chica tenía a toda una familia detrás, y esa familia presumiblemente profesaba una religión, una ideología, para servir a la cual captaron a Carlos. La familia de su novia lo indujo a cortar todos los vínculos con su familia biológica. ¿Por qué? Probablemente porque la familia es aquella institución que está destinada a darnos raíces y por lo tanto solidez, y así es el enemigo número uno para aquel que pretenda aniquilar nuestra autonomía. Cuando esta es incipiente, es sencillo para el líder sectario sacar partido sugestionando al joven para que perciba a su familia biológica como un impedimento en su camino de crecimiento. De hecho esa es una sensación común que la mayoría de los jóvenes tenemos en la adolescencia acerca de nuestros padres. Para Belén la vida se paró en    setiembre de 2012, cuando su hijo desapareció sin dejar más rastro que una nota escrita en la que suplicaba a su familia que no intentaran contactar con él, que a partir de ese momento emprendía un viaje que debía hacer sólo. Durante 7 años no supieron nada de él. A partir de ese momento, en el hogar de Belén ya no se celebró ningún cumpleaños, ninguna navidad. Cuando un miembro de la familia muere, la vida se torna extremadamente fea y gris, y la desesperación puede instalarse en un hogar si tenía toda una vida por delante. Cuando alguien desaparece de la noche a la mañana como Carlos, la angustia y el vacío lo envuelven todo. Esa angustia movilizó a los padres y a la hermana de Carlos. No escatimaron en recursos, económicos y personales. Consultaron con los expertos más reputados en relaciones abusivas sectarias, especialistas en guiar a las familias en el proceso de salida de un joven captado por una secta, también llamados Exit Counsellers. Contactaron además con varios investigadores privados que pudieran dar con su paradero. Recuperar a su ser querido, que había sido arrancado del hogar con falsas promesas, se convirtió en la prioridad absoluta.  

Tras años de incertidumbre, descubrieron por fin donde vivía. El siguiente paso fue la aproximación. Los Exit Counsellers aconsejaron a la familia que propiciaran un encuentro en un lugar alejado de su casa porque de otro modo se sentiría muy amenazado. El exterior de la estación de metro que utilizaba cada día podría ser un lugar neutral. Los expertos también les dijeron que no fueran al encuentro los dos padres, y que además quien lo hiciera fuera acompañado de alguien muy cercano a Carlos de su misma generación. Finalmente decidieron que serían la madre y Sandra, su amiga de la infancia, con la que durante tantos años había compartido el trayecto a pie a la escuela, pues ambos iban a la misma clase y eran vecinos, los que se aproximarían a Carlos.

Se apostaron en la salida de la parada del metro cercana a su domicilio. Estaba nublado y el aire era templado, como lo suelen ser en Barcelona las tardes de abril.   Hacia más de 7 años que no lo veían y ni siquiera sabían si aparecería. Cuando ya llevaban más de tres horas esperando lo divisaron en el fondo de la escalera que daba acceso a la calle.  A Belén le temblaron las piernas, y por un momento pensó que no podrían sostener su peso. La idea de echar a correr pasó fugazmente por su mente. Entretanto Carlos ascendía los peldaños. Unos instantes de incertidumbre invadieron la mente de Belén, suficientes para que toda una vida pasara por delante de su mirada, pero insuficientes ya para huir. Carlos había dejado las escaleras atrás y el encuentro era irremediable.

−Hola

Él la miró y se quedó petrificado. Tras un instante reparó también en la presencia de Sandra. Encontrarse a su madre y a su antaño amiga del alma era lo último que esperaba, y no estaba preparado para ello. Su cara carecía de toda expresión emocional, sus ojos no parpadeaban, y miraban fijamente a su madre. Los segundos iban transcurriendo, y a ambos les parecieron una eternidad. Finalmente habló Carlos, con una voz fría

−¿Qué estás haciendo aquí? Vete inmediatamente.

−Sólo quiero verte y hablar contigo

−Pues yo no, vete

−Por favor, hace siete años que no te vemos−y las lágrimas empezaron a asomarse a sus ojos

−Vete, no te lo quiero decir más−dijo Carlos con un tono de voz aun más elevado y más frío, como si las lágrimas de su madre no hicieran más que endurecerle a él.

Y así transcurrió el diálogo, que más bien parecía combate, durante una hora, él diciendo a su madre que se fuera, y ella insistiéndole para hablar con él, con muchas ganas de abrazarlo, pero reprimiéndose ante la nula predisposición de él. Cuando Belén me lo explicaba hacía hincapié en que aunque su hijo no dejaba de insistirle en que se fuera, no tomaba tampoco la determinación de marcharse él. Carlos intercalaba las miradas de acero hacia su madre con otras dirigidas hacia el suelo, donde parecía buscar el sosiego que los ojos de su madre le arrebataban. Respecto a su amiga, no se había atrevido a mirarle ni una vez a los ojos. Es como si estos fueran aún más perturbadores que los de su madre. Los Exit counsellers habían puesto énfasis en que en ese encuentro la madre no forzara al hijo. Si él no quería hablar con ella, no debía insistir. Esto era muy importante porque de lo contrario la animadversión del hijo podría crecer. Belén, que era consciente de que estaba tirando mucho de la cuerda, y con esas advertencias muy presentes, tomó una determinación. No se iría. Si el ánimo le había flaqueado al inicio del encuentro, ahora había extraído fuerzas no sabía muy bien de dónde.  

En el fondo de su ser sintió que era ahora o nunca. Si hoy no era capaz de reblandecer el corazón de su hijo, ya no lo conseguiría jamás.  Había seguido todas las indicaciones de los expertos al pie de la letra, pero no había nadie en este mundo ni en el otro más experta que ella en su hijo, nadie lo conocía como ella, así que decidió no hacer caso esta vez a los Exit counsellers.  Y persistió. Durante media hora más continuó el toma y daca, sin que ninguna de las dos partes moviera un ápice su posición. Carlos suplicándole a su madre que se fuera. Ella insistiéndole en que hablaran. Él sin moverse. Ella tampoco.  Hasta que ocurrió algo. Fue cuando su amiga Sandra intervino haciéndole la siguiente pregunta

−¿Has visto esta semana a Puigdemont en el Polònia?

Entonces Carlos, que no había podido evitar esta vez mirar a su amiga, sorprendido porque por primera vez le dirigía la palabra, empezó a reír. La voz jovial de Sandra, esa que durante tantos años había sido cómplice de tantas intimidades, desarboló su coraza al instante, la cual tanto esfuerzo parecía costarle sostener.  Pero en cuanto Carlos fue consciente de este desliz, rápidamente la volvió a erigir, y haciendo acopió de todo el aplomo que pudo reunir, una vez más le dijo a su madre, ahora con un grito ahogado.

−¿qué tengo que hacer para que me dejéis en paz y desaparezcáis de mi vida?

−Sólo tomarte un café con esta señora que envejecerá sin verte ya más. Después te dejaré marchar para siempre.

Tardó unos segundos en responder, pero cuando lo hizo de nuevo la coraza había desaparecido y su voz era auténtica, reconocible, y no la impostada con la que se lo habían encontrado esa tarde, y que no le habían conocido nunca antes.

−De acuerdo

Después fueron al café de la esquina y se sentaron durante más de dos horas a charlar. Se intercambiaron teléfonos y desde entonces se ven de vez en cuando. Carlos ha podido, además, reencontrarse con su padre y su hermana.

Escucho el relato de Belén mientras desayunamos en el Tapaç 24 de l’Eixample, y algo vibra en el aire que vehicula sus palabras. Después, cuando nos despedimos y yo le doy los últimos sorbos a un te ya tibio, me doy cuenta de que Belén también mató al padre. A pesar de que siguió todos los consejos que los terapeutas le dieron para recuperar la relación con su hijo, llegó un momento en que fue más allá, llegando incluso a contravenir lo que le habían indicado. Seguramente esa es la mejor manera en que puede acabar cualquier relación entre un padre y un hijo, entre un profesor y un alumno, entre un terapeuta y un paciente. Seguramente esa es la manera que ha propiciado que esta vez en casa de Belén, después de 7 años, se vuelva a celebrar la navidad.

La empatía

Sin empatía no hay verdadero contacto

Hace un par de viernes saldé una asignatura pendiente desde hace más de 20 años y vi la película “El Show de Truman”. Sólo un día antes había cerrado el curso Inteligencia Emocional, Afrontamiento del estrés y gestión del tiempo, que impartí para personal sanitario del Institut Català de la Salut  en la encantadora ciudad de Girona. Uno de los conceptos donde más nos detuvimos fue en el de la empatía.

En la película, Christof, el creador del Reality show con millones y millones de espectadores en todo el mundo, le dice a Truman, su creación y protagonista del show, una frase con la que pretende hacerle cambiar de idea cuando este descubre el engaño al cual ha estado sometido durante toda su vida: “el mundo al cual vas no tiene menos mentira que este del cual estás a punto de escapar”. Pero a pesar de esos intentos para disuadirlo, la decisión de Truman está tomada, y dejará atrás los decorados de cartón piedra de la idílica SeaHaven, que hasta ese momento habían constituido su realidad, y donde no había personas sino personajes que representaban un papel. Truman decide que pasará el resto de su vida en el mundo real.

La empatía es esencial para establecer relaciones auténticas.

Volviendo al curso y a la empatía comentamos que es esencial para establecer relaciones auténticas.  No obstante, a pesar de estar de moda, el concepto de empatía es uno de los peor entendidos, o entendidos a medias, que es otra manera de decir lo mismo. Les decía a las alumnas que muchos de mis clientes en la consulta de psicología se consideran muy empáticos porque son incapaces de decir NO a otras personas. La empatía en realidad no puede estar más a las antípodas de la incapacidad de decir NO. Esta manera de entender el concepto solo abarca el 50% del mismo, que es ser capaz de ponerse en la piel del otro. El otro 50% que se suele omitir es después saber volver a la propia. Solo podemos hablar de empatía si realizamos el proceso completo. Si no es así, entonces la empatía es nula. Y si la empatía es nula el contacto con el otro también lo es.

Porque como se ha dicho más arriba, es la empatía la que nos conecta con los demás y posibilita que establezcamos relaciones auténticas. Cuando la empatía no se establece, entonces nos conformamos con un sucedáneo del contacto, que como todos los sucedáneos nos llena pero que es irreal, falso.  Paradójicamente, cuando no conecto con la otra persona me acabo desconectando también de mi mismo. Entonces me convierto en un sucedáneo, en un personaje a través del cual vivo ficticiamente mi ficticia vida. Dos de los principales sucedáneos de la empatía se denominan simpatía y antipatía, y constituyen dos formas de relacionarnos no auténticas y con las cuales llenamos nuestras vidas. Es por eso que les decía a mis alumnas que sobrevaloramos la simpatía y la antipatía, que dedicamos muchos esfuerzos tanto a caer simpáticos como a no caer antipáticos.  

En la simpatía y antipatía sustituimos el conocimiento por fantasía.

Christof, cuyo nombre hace referencia alegóricamente al hijo del creador universal, habla con fundamento cuando afirma que en el mundo de más allá de Seahaven no hay más verdad de la que existe en el de adentro.  Cuando alguien me cae simpático o antipático, ese alguien no existe más que por la reacción que me genera a mí. En esas circunstancias el otro no es más que un decorado, un figurante, que me ayuda o me entorpece, respectivamente, respecto a lo que en esos momentos es importante para mí, pero nunca alguien cuya existencia se reconoce de manera independiente a la mía, es decir, alguien con intereses y motivaciones legítimos no necesariamente coincidentes con mis intereses y motivaciones. O lo que es lo mismo, alguien verdadero.  Por eso decíamos en el curso que las relaciones de simpatía y antipatía son relaciones egocéntricas, donde lo importante soy yo. De hecho, no se reconoce la existencia de nada más.

Porque para poder reconocer a alguien primero hay que poder conocerlo

Porque para poder reconocer a alguien primero hay que poder conocerlo, y en la simpatía y antipatía sustituimos el conocimiento por fantasía. Otro aspecto a destacar es que a pesar de construir con ellas relaciones egocéntricas, cuando lo que nos impulsa es la simpatía o la antipatía, el movimiento viene producido por el exterior. Mis reacciones son producidas por el otro.  Es por eso que decimos que reaccionamos en lugar de responder. Cuando respondemos, el impulso se origina en nuestro interior, y es resultado de una decisión más que de una reacción.

Pero aún así Truman, cuyo nombre hace referencia alegóricamente a hombre verdadero, decide traspasar la puerta. No todo está perdido, y si lo busca y se esfuerza en ser empático, condiciones indispensables para conseguirlo, podrá verdaderamente empezar a ser Truman.

Jose Fernández Psicòleg a PEHUÉN Psicologia i Formació

Píldoras contra la soledad

Cómo combatir de verdad la lacra de nuestro tiempo

El sentimiento de pertenencia es uno de los más necesarios, sino el que más. Necesitamos tener la seguridad de estar entre gente que nos acepta como somos, y además nos valora. Es fundamental tener a alguien con quien no tener que medir las palabras que uno dirá, lo que mostrará y lo que no de sí mismo, la ropa que se pondrá, lo mucho o poco que compartirá. Es importante estar rodeado de personas entre las cuales uno sienta que no se está jugando su autoestima a cada momento, donde la aceptación es incondicional, o casi incondicional. Y esto que así escrito parece tan sencillo, es en realidad el logro más fundamental al que puede aspirar cada persona. Lo es hasta tal punto, que muchas no lo consiguen. O después de haberlo conseguido, lo pierden. Me vienen a la memoria muchos clientes que he atendido en mi consulta, y que se podrían englobar en uno u otro grupo. Es decir, las personas que no lograron establecer ese vínculo seguro, y las que lo perdieron. Cuando uno no consigue establecer o ha perdido esa confianza básica con un núcleo de personas con las cuales se siente relajado, entre las cuales las horas se deslizan agradable y despreocupadamente, hasta olvidarse de la misma noción del tiempo, con las que siempre se alegra al encontrarlas casualmente e inesperadamente por la calle, sin importar la prisa que tenga en esos momentos, entonces, el sentimiento de soledad es grande. Y la soledad es una mala compañera. Y la peor soledad no es la que te embarga en un país extranjero donde no conoces a nadie, pongamos por caso, sino la que te obliga a estar con el freno de mano puesto cuando estas rodeado de conocidos. La soledad es la peor compañera, peor que las amistades que todos tememos acaparen a nuestros hijos cuando son adolescentes, pues nos da miedo de que los lleven por el mal camino. Pues es precisamente eso lo que hace la soledad: llevarnos por el mal camino. Y así, desesperados, inoculados por ese virus nocivo del cual nos queremos desprender tan rápidamente como sea posible, nos extraviamos: empezamos a beber o colocarnos con otros productos, sean físicos o digitales, a consumir pornografía o cualquier otra cosa, acabando por consumirnos a nosotros mismos, a encerrarnos en nuestro interior y despreciar a todos los demás de manera íntima o explicita, pues los empezamos a considerar seres inferiores que no nos comprenden. También puede ocurrir que los consideremos superiores, y entonces nos desgañitemos para estar a la altura, sea adelgazando de una forma en la que ponemos en peligro nuestra vida o renunciando a ser lo que creemos ser para ser lo que creemos que quieren que seamos.  En esas circunstancias, sea cual sea el camino que tomemos, el lugar al que llegamos es siempre el mismo, una soledad aún más pronunciada, pues los otros empiezan, ahora definitivamente sí, a dejarnos de lado, y encima ahora con un motivo justificado para hacerlo, de lo cual somos plenamente conscientes. Y esa conciencia no nos sirve de mucho de consuelo.

En ese mal camino podemos pasarnos el resto de nuestra mala vida, que se convertirá en un infierno que irá quemándonos, no sólo a nosotros, sino a aquellos que no hayan tenido la sangre fría de alejarse lo suficientemente.

De elegir bien el camino es de lo que se trata. De no desanimarse a la hora de elegir el menos plácido, pero más productivo a largo plazo. De mirar hacia el interior y ser capaz de ver qué es lo que podemos hacer mejor para hacernos bien a nosotros mismos, y aún más importante, ver qué podemos hacer mejor para hacerles bien a los demás. La racionalización es nuestro peor enemigo en estas circunstancias. La justificación de lo que hacemos y el autoengaño que nos lleva a perpetuar el círculo vicioso que nosotros hemos creado y alimentado, pero que pronto alimentarán los demás también. Superar la racionalización supone una ampliación del foco de atención, del ángulo de visión. De esa manera podré pasar de la consideración del yo en exclusiva a la consideración del nosotros. Una cosa que constato en las personas que están haciendo esa transición, entre las cuales no descarto estar yo, es que cuando valoran una relación, pasan de reparar en lo que la otra persona les aporta, a poder considerar qué es lo que aportan ellas a la otra persona. Sería como una aplicación de la famosa frase de Kennedy al plano individual “No te preguntes lo que tu país puede hacer por ti, sino lo que tú puedes hacer por tu país”

Cuando hablamos de adolescentes que aún no han hecho la transición auténtica de un modo de pensar al otro, pues cognitivamente aún no tienen la capacidad de hacerlo, somos los adultos los que debemos impulsarles a hacerlo. El mejor impulso es siempre, no cabe duda, el propio ejemplo. Pero en adolescentes en situaciones problemáticas especiales, y se me ocurren como ejemplo tanto los que son objeto de Bullying como los que lo infligen, pues un vínculo invisible suele unir a ambos, puede ser necesario ir un paso más allá. Es decir, además de exponerlos a modelos adultos adecuados de generosidad y altruismo, colocarlos a ellos mismos en una posición en la que se les pida que sean ese modelo para otros. Es decir, cederles puestos de responsabilidad, como podría ser ejercer de monitor de otros niños más pequeños, o darles cierta responsabilidad en el aula o el recreo, de la cual dependa el bienestar en un sentido u otro de toda la clase. De esta manera empezaremos a ser un poco más coherentes, pues es habitual que pidamos a nuestros hijos que sean responsables a la vez que no les damos ninguna responsabilidad. Si educamos a nuestros hijos en la percepción de las necesidades de sus semejantes, y en su sensibilidad hacia las mismas, estaremos dándoles la fórmula más efectiva contra la soledad. Y así, además de hacerles un gran favor, se lo haremos a las personas de su entorno.

Porque la auténtica maldición de la soledad no es que nos haga sufrir terriblemente, que también, sino que nos convierte en terriblemente egoístas.

Jose Fernández

Psicólogo en Igualada, Manresa y Barcelona (Barri de la Sagrada Família)

Los que comen el mismo pan (Conciliando vida familiar y laboral)

El otro día escuchaba en el programa radiofónico de Angels Barcelò hablar sobre el origen de la palabra Familia. Fue revelador para mí descubrir que se la vincula a dos raíces latinas. La primera es “Famulus”, que quiere decir “Esclavo”. Así, la palabra acabaría haciendo referencia al conjunto de posesiones del señor de la casa, y en ese lote entrarían tanto sus esclavos como los hijos y su mujer, pues parece ser que en ese sentido no habría muchas distinciones entre unos y otros. La otra raíz de “familia” es “fames” que quiere decir hambre. La palabra aquí aludiría a los que se quitan el hambre bajo el mismo techo, o sea, los que comen juntos. La etimología es sabiduría sedimentada en el lenguaje, y yo siempre admiré a aquellos profesores que en sus clases hacían referencia al origen de las palabras cuyo significado nos explicaban. Por encima de todos destaca Manuel Villegas, mi profesor en la facultad de Psicología. Aunque la primera de las raíces de la palabra tiene amplias e importantes implicaciones, quiero dedicar este artículo a hablar sobre las que tiene la segunda raíz.

Me encuentro en mi consulta de psicología muchas demandas de padres cuyos hijos presentan trastornos emocionales y de conducta. Suelen ser niños y niñas de entre 6 y 12 años. Siempre me interesa saber si esos niños comen en casa con alguno de sus padres, o con los dos, y sus hermanos o hermanas.  No sé si es casualidad o no, pero en muchos casos me encuentro con que comen cada día en el colegio. Si tenemos en cuenta que muchos de ellos entran en él antes del inicio del horario lectivo, pues se quedan en permanencia, y salen después, pues hacen alguna actividad extraescolar, no es extraordinario que las horas que estos chavales se pasan en la escuela sea de 8.00 a 18.00. A simple vista parece un horario excesivo fuera de casa para un niño. Después de esa hora, debido a diferentes horarios laborales y de ocio de los padres, pues estos también quieren tener su espacio de relax, no podemos dar por supuesto que las familias cenen juntas de lunes a viernes. Esto deja a los fines de semana como reducto para la vida familiar. Y en los fines de semana se acumulan tantas actividades para hacer que ese reducto también se puede ver amenazado. Porque en la esencia de la palabra “familia” está el comer juntos, aquello que es esencial a veces es lo último que hacemos, pues hay otras cosas más urgentes primero, como por ejemplo ganarse el pan de cada día, ese mismo pan que después no nos comeremos juntos.  Y ya que estamos con la etimología y la esencia, las palabras “compañerismo”, “compañía” y “compartir” tienen la misma raíz latina: “cumpanis” que quiere decir los que comen el mismo pan.

Yo odiaba la asignatura de latín cuando la tuve en 3º de BUP porque la consideraba inútil. ¡Qué equivocado estaba!

Jose Fernández Psicoterapeuta en Pehuén Psicología y Formación Psicólogos en Igualada, Manresa, Cervera y Barcelona