“No conozco a ningún divorciado feliz”

(Texto basado en una primera entrevista clínica, con nombres y circunstancias cambiados)

−La gente no se divorcia. No conozco a ningún divorciado feliz− me dice Agnes entre sollozos, apenas capaz de levantar la mirada del suelo, de ese suelo en el que su alma parece haberse quedado adherida, desplomada desde que su marido le dijo que no quería seguir viviendo con ella.

Tengo que morderme la lengua para no decir que yo tampoco conozco a ningún casado feliz. Pero eso no es pertinente. Y es más, probablemente ni siquiera es cierto. Como divorciado desde hace casi tres años, imagino que algo dentro de mí se revela ante la afirmación de Agnes, y me lleva a creer durante unos instantes que tampoco los casados son felices. Quizás algún reflejo me impulsa a querer creerlo así.

−Abandoné todo para ir tras Luis− sigue Agnes, sentada en la silla de felpa azul de mi despacho−mi puesto de trabajo fijo y bien remunerado como trabajadora social del Instituto Nacional de Salud de Francia, mi familia, mis amigos, mi país, mi vida.

Hace apenas 15 minutos que ha entrado a mi despacho, después que hace un par de semanas pidiera cita para una visita de psicología. Habla muy mal el español y me cuesta entenderla, así que debo adivinar lo que me quiere decir en más de una ocasión.

−Debo hacerle comprender que no va a estar con nadie mejor que conmigo, que me necesita−y entonces sus ojos brillan, aunque sin alegría, y su espalda encorvada se endereza un poco, aunque sin convicción. Me mira como el condenado que está en la sala de ejecuciones y de repente descubre un motivo que convencerá al verdugo del gran error e injusticia que está a punto de cometer. Y esta analogía no me parece ninguna exageración, pues desde que Luis dijo a Agnès que quería el divorcio, ella ya no lo ve sino como a un verdugo dispuesto a acabar con su vida. Ella, que se lo dio todo a Luis desde el primer momento, aceptaría de buen grado darle ahora también la vida, si no estuviera convencida como lo está de que con su sacrificio se desvanecerá la oportunidad de ser feliz de Luís y del hijo de ambos, Pierre, que ya tiene tres añitos. De hecho, es la infelicidad de su marido y de su hijo tras su muerte, lo que la convence de que tal suceso sería un sacrificio inútil.

Yo, que había apartado la mirada de sus ojos durante unos momentos para tomar unas notas, la miro de nuevo y le respondo.

−¿y qué te hace pensar que le vas a hacer comprender?

−Sé que reaccionará, que si insisto se dará cuenta de lo que me quiere, y de que volveremos a estar bien−contesta

−¿Y ese gran esfuerzo que vas a realizar para que él comprenda te dejará algún espacio para que puedas comprender tú?−le corto, antes de que siga por un camino que creo saber muy bien cuál es. Ella levanta las cejas y arruga la frente mostrándome que mi comentario le ha cogido a contrapié.

−Para mí todo está claro desde el día que lo abandoné todo por él−me doy cuenta de que sus cejas alzadas y frente arrugada quieren expresar que soy yo el que no comprende, y añade−para él también todo estaba claro hasta ahora que se ha confundido. Somos uno y he puesto una fe ciega en él para que me guie. Ni siquiera he necesitado aprender catalán o castellano en los diez años que llevo aquí.

Me doy cuenta de que a esta terapia le pueden ocurrir dos cosas: o que sea muy larga o que acabe hoy cuando Agnes vea que yo no le doy lo que ha venido a buscar.

 

Jose Fernández

Psicólogo en Igualada, Manresa y Barcelona (Barrio de la Sagrada familia)

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