Psicología y formación

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Un proveedor me invitó a comer recientemente. Estábamos a punto de cerrar el que debía ser un buen acuerdo comercial.   No es ningún secreto que alrededor de una mesa se cierran muchas transacciones. Lo particular de este caso fue que la invitación era para ir a su casa, donde comeríamos con toda su familia. Quería hacer mi proveedor de esta manera mucho más personal la reunión, supuse. Cuando llegué a su casa vi que, además, quería impresionarme, pues esta estaba situada en la parte alta de Pedralbes, la que se encuentra por encima de la Ronda de Dalt. Desde el acceso al interior de la propiedad, que realicé a través de dos inmensas rejas metálicas que se abrieron de forma automática para conducirme por un paseo de gravilla flanqueado de altas palmeras, el lujo invadió mis sentidos. Al entrar en la mansión, y tras estacionar el coche en la zona habilitada para ello al lado de un Jaguar y un Mercedes, la sensación de poderío económico de los que allí vivían se intensificó.

Me recibió una sirvienta, que me invitó a sentarme en un sofá mientras llegaba el señor de la casa, me dijo. En los 5 minutos que estuve esperando, y una vez me relajé tras la incomodidad inicial que las muestras de ostentación me suelen producir, me vino a la cabeza la última vez que un proveedor me había invitado a su casa. Hacía ya casi dos años, y en aquella ocasión él mismo había cocinado para mi una rica paella de marisco. En la mesa, la esposa y los hijos, ya adolescentes, habían participado de una conversación distendida y amable, que se desarrolló entorno al negocio de los accesorios eléctricos del hogar, al que tanto mi proveedor como yo nos dedicábamos. Los hijos habían mostrado interés por el negocio del padre, y se habían implicado en todo momento, igual que la esposa, en poner la mesa y preparar el aperitivo, además de estar atentos a cualquier cosa que yo pudiera desear, como lo qué me apetecía beber mientras la paella acababa de hacerse.

Una hora más tarde hube de acordarme de nuevo de aquella cena del pasado, y el contraste con la actual hizo que la valorara de una forma que rayaba con la añoranza. En esta ocasión, los hijos, de nuevo dos varones adolescentes, apenas levantaron la vista de las pantallas de sus móviles durante toda la cena. Ante tímidas protestas por parte de sus padres, respondieron con semigruñidos ininteligibles, que en cualquier caso no consiguieron variar su conducta.  Pero lo más desagradable se produjo a la hora del café. Cuando por el motivo que fuera la sirvienta no estaba presente, y el padre le dijo al mayor de los hijos que hiciera el favor de ir a por el azúcar al armario, esté le respondió con un malhumorado “ves tú a buscarlo”, como si el padre le hubiera dirigido una ofensa. El que sí que se mostró ofendido fue el padre, aunque su respuesta pareciera más una súplica cuando le insistió al hijo para que fuera a por el azúcar. El hijo echo entonces mano de su ingenio y elevando considerablemente el volumen de su voz, por si no se le había entendido antes, se sacó la siguiente frase de la manga: “Tú tienes dos piernas igual que yo, deja ya de rallarme”. Por unos instantes no supe adonde mirar, y como siempre que ocurre eso uno acaba haciéndolo al último lugar que desearía, mis ojos se encontraron con los de la madre, que me dirigió una sonrisa estúpida que no supe como interpretar. Sigo sin saberlo. Con el que podía estar tranquilo que no se tropezarían mis ojos era con el hijo pequeño, pues más que en aquel comedor parecía estar en Marte, de absorto como estaba en la pantallita de su teléfono. Finalmente, la madre decidió levantarse e ir ella misma a por el azúcar. Cuando lo puso encima de la mesa la sonrisa sin alegría seguía pintando su rostro.

Si mi proveedor quería impresionarme al llevarme a su casa, sin duda alguna lo consiguió. Debo decir que la decoración de la casa era exquisita y además de imponente denotaba un muy buen gusto. Y a pesar de ello, aquellos dos zánganos que llevaban los apellidos de sus padres desentonaban terriblemente con el conjunto.

A diferencia de lo que me había ocurrido en la cena en casa de mi otro proveedor dos años atrás, gente sin ninguna pretensión, me fui de aquella casa con muy mal sabor de boca al constatar cómo padres tan refinados pueden tener unos hijos tan maleducados.  Eso me ha hecho reflexionar sobre cómo nuestra mejor carta de presentación es haber contribuido a formar un hijo bien educado

 

Jose Fernández

Psicólogo en PEHUÉN, Psicología y Formación

Psicólogos en Igualada, Manresa, Cervera y Barcelona (Barrio de la Sagrada Familia)