Psicologia i formació

Blog

Cómo combatir de verdad la lacra de nuestro tiempo

El sentimiento de pertenencia es
uno de los más necesarios, sino el que más. Necesitamos tener la seguridad de
estar entre gente que nos acepta como somos, y además nos valora. Es fundamental
tener a alguien con quien no tener que medir las palabras que uno dirá, lo que
mostrará y lo que no de sí mismo, la ropa que se pondrá, lo mucho o poco que compartirá.
Es importante estar rodeado de personas entre las cuales uno sienta que no se está
jugando su autoestima a cada momento, donde la aceptación es incondicional, o
casi incondicional. Y esto que así escrito parece tan sencillo, es en realidad
el logro más fundamental al que puede aspirar cada persona. Lo es hasta tal
punto, que muchas no lo consiguen. O después de haberlo conseguido, lo pierden.
Me vienen a la memoria muchos clientes que he atendido en mi consulta, y que se
podrían englobar en uno u otro grupo. Es decir, las personas que no lograron
establecer ese vínculo seguro, y las que lo perdieron. Cuando uno no consigue
establecer o ha perdido esa confianza básica con un núcleo de personas con las
cuales se siente relajado, entre las cuales las horas se deslizan agradable y
despreocupadamente, hasta olvidarse de la misma noción del tiempo, con las que
siempre se alegra al encontrarlas casualmente e inesperadamente por la calle,
sin importar la prisa que tenga en esos momentos, entonces, el sentimiento de
soledad es grande. Y la soledad es una mala compañera. Y la peor soledad no es
la que te embarga en un país extranjero donde no conoces a nadie, pongamos por
caso, sino la que te obliga a estar con el freno de mano puesto cuando estas
rodeado de conocidos. La soledad es la peor compañera, peor que las amistades
que todos tememos acaparen a nuestros hijos cuando son adolescentes, pues nos
da miedo de que los lleven por el mal camino. Pues es precisamente eso lo que
hace la soledad: llevarnos por el mal camino. Y así, desesperados, inoculados
por ese virus nocivo del cual nos queremos desprender tan rápidamente como sea
posible, nos extraviamos: empezamos a beber o colocarnos con otros productos,
sean físicos o digitales, a consumir pornografía o cualquier otra cosa,
acabando por consumirnos a nosotros mismos, a encerrarnos en nuestro interior y
despreciar a todos los demás de manera íntima o explicita, pues los empezamos a
considerar seres inferiores que no nos comprenden. También puede ocurrir que
los consideremos superiores, y entonces nos desgañitemos para estar a la
altura, sea adelgazando de una forma en la que ponemos en peligro nuestra vida
o renunciando a ser lo que creemos ser para ser lo que creemos que quieren que
seamos.  En esas circunstancias, sea cual
sea el camino que tomemos, el lugar al que llegamos es siempre el mismo, una
soledad aún más pronunciada, pues los otros empiezan, ahora definitivamente sí,
a dejarnos de lado, y encima ahora con un motivo justificado para hacerlo, de
lo cual somos plenamente conscientes. Y esa conciencia no nos sirve de mucho de
consuelo.

En ese mal camino podemos
pasarnos el resto de nuestra mala vida, que se convertirá en un infierno que irá
quemándonos, no sólo a nosotros, sino a aquellos que no hayan tenido la sangre
fría de alejarse lo suficientemente.

De elegir bien el camino es de lo
que se trata. De no desanimarse a la hora de elegir el menos plácido, pero más
productivo a largo plazo. De mirar hacia el interior y ser capaz de ver qué es
lo que podemos hacer mejor para hacernos bien a nosotros mismos, y aún más
importante, ver qué podemos hacer mejor para hacerles bien a los demás. La
racionalización es nuestro peor enemigo en estas circunstancias. La justificación
de lo que hacemos y el autoengaño que nos lleva a perpetuar el círculo vicioso
que nosotros hemos creado y alimentado, pero que pronto alimentarán los demás también.
Superar la racionalización supone una ampliación del foco de atención, del ángulo
de visión. De esa manera podré pasar de la consideración del yo en exclusiva a
la consideración del nosotros. Una cosa que constato en las personas que están
haciendo esa transición, entre las cuales no descarto estar yo, es que cuando
valoran una relación, pasan de reparar en lo que la otra persona les aporta, a
poder considerar qué es lo que aportan ellas a la otra persona. Sería como una
aplicación de la famosa frase de Kennedy al plano individual “No te preguntes
lo que tu país puede hacer por ti, sino lo que tú puedes hacer por tu país”

Cuando hablamos de adolescentes
que aún no han hecho la transición auténtica de un modo de pensar al otro, pues
cognitivamente aún no tienen la capacidad de hacerlo, somos los adultos los que
debemos impulsarles a hacerlo. El mejor impulso es siempre, no cabe duda, el
propio ejemplo. Pero en adolescentes en situaciones problemáticas especiales, y
se me ocurren como ejemplo tanto los que son objeto de Bullying como los que lo
infligen, pues un vínculo invisible suele unir a ambos, puede ser necesario ir
un paso más allá. Es decir, además de exponerlos a modelos adultos adecuados de
generosidad y altruismo, colocarlos a ellos mismos en una posición en la que se
les pida que sean ese modelo para otros. Es decir, cederles puestos de
responsabilidad, como podría ser ejercer de monitor de otros niños más
pequeños, o darles cierta responsabilidad en el aula o el recreo, de la cual
dependa el bienestar en un sentido u otro de toda la clase. De esta manera
empezaremos a ser un poco más coherentes, pues es habitual que pidamos a
nuestros hijos que sean responsables a la vez que no les damos ninguna responsabilidad.
Si educamos a nuestros hijos en la percepción de las necesidades de sus
semejantes, y en su sensibilidad hacia las mismas, estaremos dándoles la
fórmula más efectiva contra la soledad. Y así, además de hacerles un gran
favor, se lo haremos a las personas de su entorno.

Porque la auténtica maldición de
la soledad no es que nos haga sufrir terriblemente, que también, sino que nos
convierte en terriblemente egoístas.

Jose Fernández

Psicólogo en Igualada, Manresa y Barcelona (Barri de la Sagrada Família)